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jueves, 30 de junio de 2011

LA REVOLUCIÓN INTERIOR

 Juan Pablo Vitali

La inteligencia es un bien escaso en el mundo. Un mundo que confunde cada vez más el éxito medido en dinero con la inteligencia. Pero la inteligencia se cultiva cuando se quiere actuar con realismo.

En muchas ocasiones a lo largo de mis intentos políticos, quise llamar la atención sobre el hecho de que el conocimiento profundo de los temas, no se logra de otro modo que estudiando disciplinadamente. No tuve ningún éxito en el empeño.
La mayoría de mis compañeros estaban ocupados en cosas más inmediatas, en sus intereses propios, en la bohemia militante que escondía y justificaba un tiempo perdido en borracheras, en noches hablando sobre cosas que mañana serían viejas, y en búsquedas evasivas de autoestima basadas en largos discursos patéticos.
El que estudiaba los temas para aferrarse a una base profunda de conocimientos, era el intelectual y secretamente el estúpido.
El tiempo pasó (demasiado rápido) y la mayoría de los jóvenes militantes de antaño pasaron a hacer dinero o al anonimato. Y el intelectual se quedó solo con su bagaje de conocimientos que nunca pudo conectar a aquellas personas ignorantes que entre alcohol y griterío cada tanto lo felicitaban por lo ingenioso de sus reflexiones, pero solamente cuando lo usaban para fortalecer sus propios dichos.
La verdad es que a nadie interesaban los planteos geopolíticos, filosóficos o del tipo que fueran. Pensar es un martirio más doloroso que una noche de gloria en una esquina, bajo el efecto del alcohol o de la estupidez.
Las ansias por saber no son algo corriente. Casi todo el mundo se cree que ya sabe suficiente y que se trata siempre de un elemental decir que no a todo lo que se defina fuera de nuestro círculo. Un círculo trazado más por la cerveza que por la consciencia de la complejidad de la situación.
Mucha gente no sabe porqué hace las cosas. Creo que para quienes cuestionan el sentido del mundo la obsesión por saber y comprender debería ser la base de toda acción. La acción es torpeza cuando no se tiene la profundidad de análisis necesaria para lo que se pretende enfrentar. Apretar los dientes y odiar lo que está mal también puede canalizarse mediante alguna pelea callejera y una dosis diaria y suficiente de alcohol. Pero de ese modo solo agregamos algo bastante triste a la mala situación general. La rebeldía sola no sirve de nada. Y la inteligencia se cultiva con disciplina y constancia. El que se queda en una lectura política elemental, seguramente pasará por la política como se pasa por la adolescencia, pero nada más. Aunque hay adolescencias que son eternas y terminan aburriendo. Una revolución es una forma de vida que debe producirse primero dentro de cada uno. Si somos igual que el resto sería mejor resolver nuestras contradicciones con un psicólogo y no perder tiempo en cosas que jamás vamos a entender.

viernes, 1 de abril de 2011

SOBRE FACEBOOK, LOS MEDIOS Y LOS FINES


 Por: Juan Pablo Vitali

Es muy difícil resistir al sistema con sus propios medios, porque ellos han sido creados según una lógica que responde a una mentalidad y a una forma que de por sí nos condicionan. Además del tiempo que quitamos a la lectura, la introspección y el pensamiento, está la falta de relación directa en tiempo y espacio, a veces hasta el punto de una total virtualidad. Además de lo obscenamente público de la red, de la imposibilidad de construcción de lo real, de aquello que opera de algún modo en la realidad.
No puedo caer en la soberbia de saber hasta dónde podrá resistir el espíritu humano todas estas cosas, pero sin entrar en una crítica que no es mi objetivo, siento que debe existir un límite a unas formas que nos sustraen de lo que es espiritual en sentido profundo, y nos poner a girar en una noria de imágenes reconocidas virtualmente pero no conocidas en realidad.
La vía del espíritu permanece en aquellos lugares donde por algún motivo, al menos una parte del hombre se ha podido sustraer a la lógica de hierro del sistema materialista de consumo, que iguala a los hombres justamente a través de ciertas formas tecnológicas que no le permiten comunicación alguna por medios más adecuados para su desarrollo: la voz humana, la mirada, la cercanía física, la expresión corporal, ni siquiera la letra escrita que sabemos no era igual a lo que podemos ver en la pantalla.
En algunos lugares de Oriente, en Rusia, en Sudamérica, y en otras partes alejadas un poco de la mano de la modernidad, la espiritualidad encuentra un refugio y se sumerge en algunas de sus formas propias todavía. Las estructuras cerradas de la sociedad posmoderna han hecho mella mucho más en los países donde el capitalismo ha funcionado o materialmente funciona. Por supuesto que esto es relativo y que el sistema se unifica y expande día a día en todas partes. La superioridad que los países centrales sienten respecto de los periféricos ya no se basa en una cultura que han perdido, sino en crudas apreciaciones materiales. No hay lugar donde la antigua espiritualidad europea esté más lejana que en Europa.
Si bien la red restringe mucho la relación del lector con el texto, este sigue siendo más o menos un texto. Dar un paso más adelante en estas formas, léase Facebook por ejemplo, sería para mí demasiado. Sería avanzar en el tiempo y el espacio virtuales, que básicamente absorben vida real convirtiéndola en vida virtual. Repito que no es una crítica. Sólo un punto de vista de un respetuoso y enriquecedor intercambio.
Del mismo modo la poesía como forma de expresión de una espiritualidad, fue dejando su lugar a formas más adecuadas a los tiempos que se viven hasta casi desaparecer de la sociedad. Pues bien, las redes son la forma del tiempo que se vive. Pero no las redes reales de personas en lugares determinados, sino las que no inciden en la realidad en forma concreta y responden a las necesidades de un hombre cada vez más virtual. O acaso sólo sea que me estoy volviendo viejo, y estoy dando rienda suelta a la nostalgia de las formas antiguas con las que me identifico. En todo caso, siempre hay alguien que se queda anclado en el tiempo. No es algo que tenga mayor importancia para quienes adherimos a la antigua doctrina de los ciclos, en detrimento de una concepción lineal de la historia.  Todos estamos finalmente destinados al olvido, estoy dispuesto a que para mí, el anonimato llegue antes que para los cultores del Facebook.
Espero no por eso ser menos, en nuestra comunidad de lectores indefectiblemente virtuales.
Extraído de EL Manifiesto

jueves, 10 de febrero de 2011

CENSURA CONTRA CELINE

 En uno de los más importantes diarios de Buenos Aires, podía leerse hace unos días en una de sus páginas culturales: “Francia retira al escritor Louis Ferdinand Céline de la sección de celebraciones nacionales”, “Se canceló el homenaje que se iba a hacer al novelista con motivo del 50 aniversario de su muerte”.
Cabe recordar que el ministro de cultura francés lleva el célebre apellido progresista Miterrand. La decisión política es previsible y ya nada nos debe resultar sorprendente. Pero ¿qué se condena aquí, la obra o el autor? Si la obra mereció ser incluida entre las “celebraciones nacionales”, será que algún mérito tiene para ello. ¿Cuál es el motivo entonces para retirarla después de haber sido elegida? Si es un castigo post mortem a Céline, a este poco le importará, sea cual fuere el lugar donde se encuentre. Si por el contrario el castigo es a la obra, es ridículo castigar aquello que hasta ayer queríamos celebrar.
Decididamente no entiendo al progresismo. Me parece que el castigo es en realidad a los lectores y a la cultura, que cada vez que la arbitrariedad lo decide, pierde a uno de los suyos.
No se dice qué parte de la obra de Céline merece castigo. Tampoco si como obra en sí, ha dejado de pronto de tener la altura suficiente para estar entre las “celebraciones nacionales” de la cultura francesa. Nada de eso se aclara.
Al parecer fueron ciertas opiniones de Céline que alguno se apuró a recordar, las que fueron tomadas en cuenta para inhabilitar toda su obra, contradiciendo lo anteriormente considerado. Si Céline se ha equivocado (cualquiera tiene el derecho de pensar así), ¿qué puede aportar a la cultura castigar lo mejor de Céline que es su obra? ¿No es Francia la campeona de las libertades? En todo caso: ¿puede el arte dejar de serlo, por las opiniones equivocadas de un autor? ¿Tiene entonces el arte que llenar algunos requisitos ideológicos para ser considerado como tal? Esta última y estrecha opinión parece prevalecer, ya que pesan más las opiniones de Céline que los cien millones de muertos que nos dejó el comunismo (nada más que en la URSS), porque ser o haber sido comunista (la mayoría de ellos ya se ha reciclado) ha sido y es la mejor carta de presentación y de “éxito” en los ambientes culturales.
En fin, así es el totalitarismo. Por mi parte seguiré leyendo a Céline y si son buenos, también autores comunistas. Sus obras no me llevarán al error ideológico, que en todo caso sería responsabilidad mía. Prefiero asumir la propia libertad de análisis y de pensamiento, a dejar de reconocer el genio artístico de alguien.
Juan Pablo Vitali
http://elmanifiesto.com/articulos.asp?idarticulo=3638

lunes, 18 de agosto de 2008

¿CUAL ES NUESTRA IDENTIDAD?


JUAN PABLO VITALI


Muy extraño sería, que un griego del siglo de Pericles, o un romano bajo el Imperio de Augusto, se preguntaran sobre su identidad.
Sin caer en tales alturas históricas, podemos decir que nosotros, en este sagrado Sur, tampoco necesitábamos hacernos esa pregunta tiempo atrás, porque lo que nos dio origen, vivía en nosotros muy naturalmente, muy entrañablemente. Teníamos una forma de ser, de pensar, de sentir, un territorio, una clara conciencia del proceso histórico que nos otorgó nuestro destino, y nos imprimió en el alma nuestra cultura.

La conquista, los criollos, la fusión, la mutación del hombre europeo en la polaridad Sur, en su nueva misión irrenunciable, corría firmemente por nuestras venas.
Todos teníamos una somera idea de cuáles eran nuestros ascendientes más o menos inmediatos; pero no era ése, un tema que nos preocupara demasiado. Nuestro tema era la Patria y nuestro destino común, nuestras luchas, y la defensa de lo que considerábamos justo, y sentíamos como propio.
Siempre supimos sobre la incidencia del imperio anglosajón en nuestro Sur. Siempre supimos que no éramos ni queríamos convertirnos en eso: Una furia mercantil y expoliadora.

Nuestra cultura hospitalaria, pudo sostener la amistad de muchas razas, porque todos participaban de ella, que se mantenía firme en su eje cósmico inmutable. Todos depositaban aquí sus mejores esperanzas, iluminados por la Cruz del Sur, enriqueciéndonos.
El largo camino de Grecia, de Roma y de España, había desembarcado sus estandartes en nuestras playas, y bajo su sombra, cobijó a otras razas del continente. Con el aporte de esa sangre, San Martín libertó esta parte de América del Sur.
El sabio ciclo de la conquista y la fusión, fortaleció a los ejércitos libertadores, que debieron hacerse cargo de nuestro espacio, cuando se disgregó el Imperio Español.
El gaucho, el llanero, el roto, el charro, los hombres del cuchillo, de la guitarra y del caballo, fueron entonces estirpe y arquetipo, nuestros paisanos, nuestra elite guerrera, nuestros caudillos.

Los inmigrantes sucesivos – sobre todo los de las guerras y las hambrunas europeas - sintieron también como algo natural, la nueva etapa que signaba su destino, en la hospitalidad, en la amplitud del territorio, y en la perfecta continuidad histórica de su cultura y de su destino.

Pero por detrás, lentamente, crecía la sanguinaria determinación del nuevo imperio, y el odio sin límites de los resentidos. Dos caras de un materialismo irreductible.
Sobre esas bases, se instaló la dialéctica del odio y la ambición, que nos fue saqueando la identidad, encaminándonos hacia una síntesis tan morbosa como preconcebida, denominada progresismo.
Los saqueadores pasaron a menudo del comercio al homicidio, fundamentando los hechos en el buen funcionamiento de la economía, según el correcto sentido del mundo – de su mundo, claro -.
A los resentidos, se les suministró muy pronto una ideología a su medida: el marxismo, que se complementó con otras ideas afines, de las cuales quiero mencionar especialmente el indigenismo, ese extraño racismo antirracista, que pretende volver la historia hasta antes de la conquista, hablando en español – cuando no en inglés -, con teléfonos celulares, por medio de ongs y apoyos internacionales – siempre desinteresados, claro -.

También quieren dejar su antigua Patria, quienes pretenden hacerse ciudadanos de la patria única global, porque creen asegurarse así, algunas utilidades en el mundo ficticio del dinero, en medio del cual piensan mantenerse en pie, por medio de sus capacidades superiores, o sea, tener cierta cantidad de dinero, fabricado ilimitadamente por sus amos, como un mero papel a su servicio.

Pero nosotros, no tenemos opción, porque el Sur fue un lugar que amamos demasiado. Y digo el Sur, porque es un hermoso término poético, abarcativo de nuestra hermandad continental hispanoamericana, y porque es un símbolo y un mito, porque señala y convoca, porque la gran flecha de nuestro mapa señala un polo místico al Sur del Sur, hacia la Antártida, hacia Las Malvinas, un destino que de no asumirse, se convertirá también en un castigo.

Todas nuestras energías estuvieron en amar ese Sur, nuestro Sur, y no en preguntarnos sobre una identidad que teníamos muy clara.
Acaso teníamos todo demasiado cerca, y entonces era muy fácil amarlo: La tierra era todavía poderosa, y hablaba por sus árboles, por sus montañas y por sus ríos. Las personas eran honestas, respetuosas y leales. Las familias eran bien constituidas y amplias, como las de los antiguos romanos. Los jardines, los trenes, los desfiles, las escuelas, el trabajo, y la voluntad de ser y resistir, hacían el resto.

Ciertamente, se puede escribir un tratado sobre la conformación de una identidad. Quizá hayan escrito alguno que valga la pena, pero allí no se encontrará la magia, que sólo conoce quien la ha experimentado. No se explicarán allí los patios, los portones, los jardines oscuros, los zaguanes, y toda una estética austera y elevada.

No, la historia no vuelve atrás, pero el sentido de ser criollo, de haberse desprendido un día de un continente, para forjar uno nuevo, hecho de voluntad, de acero y de distancia, no puede perderse para siempre, entre los dominios dialécticos de globalizadores y resentidos.

Con nuestro Ser, recibimos nuestro destino, lo demás, es sólo un episodio más de la devastación global, algo que muchos de nosotros, jamás podremos aceptar.

jueves, 7 de agosto de 2008

MATRIX


La insoportable levedad del ser virtual en un envio de Juan Pablo Vitali por mail...


Lo que voy a escribir es en cierto modo un contrasentido. Pronto sabrán porqué.
No es ningún secreto, que ya nada es como antes, que la forma de vida ha cambiado, y podría decirse - sin pretender que mucha gente lo comparta, y sin ser demasiado original- que la decadencia cultural, se ha acelerado mucho en los últimos años.
No digamos que por el cambio de la forma de vida, la gente ya no lee. La gente en general nunca leyó demasiado, y si alguna cosa ha leído masivamente, mejor hubiera sido que no la hubiera leído, salvo contadas excepciones. Es duro pero es la verdad, y habrá que aceptarla, para partir de bases ciertas.
Tampoco podemos decir, que por culpa de la red, la gente lea menos. Hasta podría ocurrir, en ciertos casos, que alguno termine leyendo más, estando más informado, o recibiendo ciertos “estímulos culturales“ por medio de la internet. Todo puede ser.

Lo que quisiera analizar y confieso que no me resulta fácil, seguramente por mis propias limitaciones, es si la red, obrará un cambio en la actitud de ciertas personas, si las transformará, en alguna medida, de hombres reales a hombres virtuales.
Me preocupa cómo afectará la virtualidad, al reducido número de personas que leían y entendían, y que se relacionaban entre sí en forma directa, para construir, lo que solamente esas personas pueden construir. Me refiero a la verdadera cultura, a la verdadera política, a lo que construían las personas con algún resto, en medio de esta decadencia, para crear algo que valga la pena.

Las personas “normales” ya tienen suficiente con la televisión, y si acceden a la internet, lo hacen quién sabe con qué nefastos o estúpidos fines. Esos no leen. Las Masas no leen (pido perdón al sistema numérico vigente por lo que digo, y acepto el mote de reaccionario, porque reaccionar es tan justo, como decir la verdad). Las personas, en su gran mayoría: “tienen la cabeza quemada” como se dice en mi país, por la sociedad de consumo, o como se la quiera llamar.

Lo que me preocupa en realidad es la trampa, en la que pueden caer los que todavía resisten. Para decirlo claramente: que las pocas reservas culturales que nos quedan, se vuelvan virtuales, y que nos rija definitivamente la lógica virtual, en las relaciones personales, en la construcción cultural, en la política. Todos saben a qué me refiero. Porque todos sabemos que leer de un libro no es lo mismo, amigarse personalmente no es lo mismo, comprometerse políticamente no es lo mismo, que los tiempos son otros en la realidad virtual, que son distintos a los de la realidad real, y eso significa, en alguna medida, cambiar la estructura del pensamiento y de la acción (disculpen la afirmación cuasi científica y temeraria de un lego en psicología). Es comenzar a existir dentro de la red, y dejar de existir fuera de la red, o si de pronto, la red dejara por algún motivo de existir.
Y aquí está el gran contrasentido: lo que estoy escribiendo, será difundido por medio de la red. Es que yo no la niego, he aprovechado de ella muchísimo, en información, en textos, en contactos, en la difusión de mis propios textos. Es más, podría decir que ya no sería el mismo, para mí o para los demás, sin la red, por eso le tengo más miedo que a una mujer manejadora.
¿Seremos capaces los “no normales”, los preocupados, los que no aceptamos gentilmente la cultura dominante, de sobreponernos a lo negativo de la red, y utilizarla beneficiosamente, manteniendo nuestro espíritu indemne? ¿No saldremos poco a poco, de una realidad real que nunca nos quiso, para exiliarnos más de lo que estamos, en la realidad virtual? ¿Nos servirá la red para ocupar más espacio real, o sólo para ocupar más sitios virtuales, y abandonar poco a poco los reales? ¿Podremos mantener y acrecentar nuestra cultura hecha de libros, de tradiciones, de amistades, de reuniones, de ocupar espacios tangibles, en el tiempo que nos deja libre la red?
El “no lugar” es la globalización del desarraigo. El arraigo es patrimonio de los espíritus elevados, es el tiempo y el espacio que nos une y nos separa, es la alegría de la cercanía y también el dolor de la ausencia, es la realidad real, de la que más o menos estamos hechos hasta ahora.
No es fácil resistir el sentido del mundo, pero toda resistencia debe tener una carnadura real, algo que se oponga profundamente, a ese sentido del mundo que forja la decadencia, algo que se mueva por medio de otra lógica.
Adoptar el medio puede ser adoptar los fines, aunque no es indefectible que así sea, eso depende del hombre, o de las características del medio empleado (recuerdo que alguna vez me han dicho: yo utilizo el método dialéctico para analizar la historia, pero no soy marxista, pues si no era marxista, por lo menos estaba un poco confundido).
Sabemos que la realidad virtual se organiza a sí misma. Ella tiene sus formas. Formas que avanzan sobre el fondo de las cosas, sobre la esencia de la realidad y la transforman. Es el espíritu del hombre, su voluntad, lo que pone la diferencia, lo único que puede sobreponerse, pero para eso hacen falta cada vez más anticuerpos.
El hombre que leía, que construía “nuestro” pensamiento, “nuestra” política y “nuestra” cultura: ¿Podrá sobreponerse a la transformación? ¿Podrá utilizar ese todo agobiante, instantáneo e impersonal, para la construcción de su realidad, hecha de espacio y tiempo reales, y de resistencia espiritual? ¿O sucumbirá ante la transformación temporal y espacial de lo virtual?
Yo no lo sé, y no puedo aceptar sin más como reales las tesis de la ciencia ficción, porque es mucha la impotencia de un reaccionario, al ver que sistemáticamente, las cosas se muestran, se anticipan, pero nadie reacciona. La ciencia ficción, pese a sus grandes escritores, que mucho han aportado, termina siendo a veces un acostumbramiento, una banalización del problema, sobre todo cuando se convierte en un pasatiempo hollywoodense.
De todos modos, espero que podamos contar con un número suficiente de espíritus blindados al dominio de la virtualidad, sin desdeñar su gran utilidad.
Y ahora, corro presuroso a enviar estas palabras, para que tengan la mayor difusión... virtual posible.

domingo, 27 de abril de 2008

¿CUAL ES NUESTRA GEOPOLITICA?

JUAN PABLO VITALI




Las viejas leyes de la geopolítica

La geopolítica tiene sus leyes. Hemos leído en alguna oportunidad sobre el poder terrestre, el marítimo, sobre el corazón de la tierra, sobre las talasocracias, y todo eso nos resultó muy útil y muy interesante. Pero las leyes de la geopolítica, son materia inerte sin la voluntad humana.

Esos núcleos de poder, esas líneas de tensión, todas esas posibilidades, existen para nosotros sólo en potencia, sino las llena y moviliza una voluntad de poder propia.
O peor aún, si detrás de las articulaciones geopolíticas, no está el poder que creemos ver, o el que quieren hacernos ver, sino otro poder mayor, escondido ante una primera mirada superficial, o no lo suficientemente profunda.

Los grandes bloques geopolíticos

La Unión Europea, el MERCOSUR, son por cierto grandes espacios geopolíticos, pero ¿Quién los une en realidad? Las empresas que extraen el petróleo, que construyen carreteras, que ensamblan automóviles, los bancos que proveen el dinero para esas actividades, y los que emiten las divisas con las cuales se mueve la economía ¿A qué intereses responden?

A veces, el análisis de la formación de los grandes bloques geopolíticos, se hace muy a la ligera. El contenido de esas uniones, que entusiasma a tantos lenguaraces, no es el que quisiéramos.

Claros ejemplos de ello, son la Unión Europea y el MERCOSUR. La economía globalizada es la que los rige. Los grandes mercados, son parte de la ideología del poder transnacional, y sólo responden a quienes los controlan.

Las empresas multinacionales y las finanzas, controlan la economía. La minería, el petróleo, la agricultura, el agua, los mercados inmobiliarios, bailan al compás del poder transnacional. Esa es la geopolítica que nos rige. Destruyen nuestro patrimonio y nuestra población, y nos hacen creer que eso es nuestra geopolítica.

Nuestra geopolítica.

Antes no nos unía un mercado. Nuestra histórica hermandad con el Perú, por ejemplo, hoy lastimada por la criminalidad de los gobiernos, no se basaba en ningún mercado, sino en la gesta sanmartiniana. No necesitamos un intercambio comercial, para que los aviadores peruanos pintaran la escarapela argentina en sus aviones, durante la guerra de Malvinas.

De Brasil, en cambio, no sabemos casi nada. Sabemos que sus empresas son poderosas y compran empresas que fueron argentinas. Se supone que sus capitales son brasileños, pero primero hay que admitir que los capitales tengan patria, y después que realmente sean de origen brasileño.

Sabemos que Brasil es desde el principio un gran espacio, desarrollado por una corte pro inglesa y luego por una elite pro yanki, pero no sabemos mucho más de sus intenciones profundas. Algunos de sus pensadores, como Elio Jaguaribe y Moniz Bandeiras, parecen estimar a la Argentina, pero tampoco sabemos cuál es su real influencia en los intereses que gobiernan al Brasil.

Podríamos decir que nuestra clase media conoce su carnaval y algunas de sus playas, pero sería lamentable que esa fuera la base para un destino común. Y conste que no estoy en absoluto en contra de la unidad geopolítica con el Brasil, sólo que es difícil saber cuál será esa unidad, en qué política se basará, más allá de algunos aspectos económicos no siempre claros. Porque un destino común es también un problema espiritual, el contenido de una voluntad común, y no algo meramente material.

El viejo Carl Schmitt

En última instancia, un destino común, es determinar un enemigo también común, y enfrentarlo codo a codo, y para eso hay que hermanarse más allá de los intereses de algunas empresas, por importantes que ellas sean.

Y el MERCOSUR es un mercado, una entidad no ciertamente de orden metafísico, con unas leyes propias, que responden precisamente, a la lógica de un mercado.

Aún la Unión Europea, que parece ser un espacio mercantil próspero, es absolutamente dependiente militar y energéticamente, lo que equivale a decir políticamente, en medio de una dolorosa destrucción del espíritu europeo. Eso es un continente cuando se convierte en un mercado.

Ambos son espacios sin alma, por lo tanto, sin destino. Los contenidos los pone otro, llámese imperialismo yanki, poder transnacional o empresas multinacionales. Son luchas de empresas y de capitales, por mantener un sistema de mercado, un materialismo sin alma, en medio de un mundo sumido en la catástrofe.

Además, suena muy feo ser mercosuriano. Comenzar a decir: Yo, de ahora en adelante, soy mercosuriano. Aunque la palabra bien se corresponde con una patria de mercado.
Tampoco les sentaría muy bien esa denominación, a los gauchos de Río Grande do Sul.

Una confederación de naciones puede convertirse en un destino común, difícilmente pueda serlo un mercado. Porque un mercado es por definición lo que se compra y se vende, o sea, lo opuesto a una patria, aunque por lo que se ve, ese concepto de patria ha quedado para algunos fuera de uso.

Para qué son los mercados

Los mercados sirven para convertirlo todo en mercancía: las personas, los recursos naturales, el trabajo, la naturaleza, la tecnología, la salud, la cultura, todo tiene un precio de mercado. Eso es lo que mide, lo que determina los valores. Más allá de eso, somos todos iguales, sin identidad, sin fe, sin tradición, sin jerarquías, sin nada que nos identifique, a no ser nuestro valor de mercado.

Esa voluntad de mercado es la que ocupa los espacios geopolíticos, y genera la otra fuerza que pretende ocuparlos, que es el resentimiento. Ese resentimiento destructivo, que hace equivocar el enemigo, y no produce ninguna construcción política coherente para enfrentarlo. Ese odio al que tenemos al lado, porque tiene más, o porque nos amenaza con sacarnos lo que tenemos. Porque convengamos que el que maneja los hilos, nunca estará lo suficientemente cerca como para enfrentarlo, entonces el enfrentamiento será siempre “por abajo”.
Si es ideológico, el resentimiento puede convertirse en infantilismo revolucionario, en indigenismo, o simplemente en delincuencia.
Los que algo tienen, defenderán el mercado, pero serán también sus esclavos, si no tienen lo suficiente, como para evitar los riesgos de vivir en una comunidad de resentidos.


¿Cuál es nuestra Geopolítica?

No existe en realidad, una geopolítica en los grandes espacios de Sudamérica. Hay sólo una dialéctica entre el mercado y los resentidos del mercado.

Mientras las naciones decaen y las viejas amistades se pierden, se lucha en la mezquindad, entre los pocos que tienen algo, y los muchos que no tienen y que odian a los que tienen. Ya no hay pueblos sanmartinianos unidos por la historia. Ya no hay criollos como eje político cultural. Los que nunca fueron indios quieren serlo ahora, volviendo a sus costumbres ancestrales, mientras esperan el llamado de su agente promotor en las naciones unidas, atentos a su teléfono móvil. Otros recuerdan que son descendientes de europeos para entrar al mercado común, sin tener la más remota idea de lo qué es realmente ser europeo, algo que aún los que nacieron en Europa en su mayoría han perdido.
Esa es la opción dialéctica que nos brindan los mercados, porque ellos son los que unen hoy los grandes espacios y les ponen nombres a su medida.

Entonces las antiguas leyes de la geopolítica se convierten en otra cosa: en espacios si, pero con contenidos puestos desde afuera, con criterios ajenos, desligados de los mismos espacios que pretenden unir. Unen destruyendo. Destruyendo a los hombres, al suelo, a la cultura, a las tradiciones, al arte, a la filosofía, a las costumbres, al arraigo, a la familia, a las Patrias.

Nos damos cuenta entonces que la antigua geopolítica, la de la guerra, la del heroísmo, la del enfrentamiento de culturas, la que generó frases tales como “el corazón de la tierra”, o “las potencias del mar”, termina siendo casi una ciencia poética, comparada con los conceptos y valores que se manejan hoy. Porque hoy ya no hay corazón de la tierra ni potencias del mar en el antiguo sentido, sino jugadores anónimos que ganan uniendo o desuniendo a su antojo los espacios, pura materia inerte, sin una voluntad superior de resistencia, de destino común, de determinación política.

Sencilla conclusión

Por eso no es tan imprescindible como nos quieren hacer creer, que los espacios sean mayores, lo realmente importante es cuáles son las reglas que nos imponen.

Por mi parte, hasta que aclare, prefiero aferrarme a mi viejo destino de argentino, de sanmartiniano, de criollo. Palabras estas más difíciles de convertir al mercado, que las que el propio mercado inventa.

Y sólo admitiré unirme con las cosas que reconozco como propias: un patriota peruano, un patriota paraguayo, un patriota oriental, y porque no, un patriota brasileño, si nuestras patrias no son un mercado, sino una confederación de patrias libres, surgidas de la más profunda entraña iberoamericana, dispuestas a enfrentar, un destino común.

sábado, 19 de abril de 2008

¿CUAL ES NUESTRO NACIONALISMO?

Por: Juan Pablo Vitali

¿Término ambiguo?

He aquí una palabra amplia, que casi todos niegan, pero al final, casi todos usan.
Al nacionalismo se lo suele caracterizar: de izquierda, católico, racial, popular, social, revolucionario, corporativo, clerical, conservador, reaccionario, socialista, integrista, esotérico, elitista, orgánico, republicano, monárquico, democrático, blanco, negro o amarillo, y demás adjetivos que podemos agregar, a medida que acudan a nuestra memoria.
Por eso, habría que definir un poco eso del nacionalismo, pero como no puedo hacerlo desde la teoría política que no manejo, trataré de realizar mi humilde aporte desde la cruda experiencia, y quizá –porque eso es una deformación profesional- con algo de poesía cuando la experiencia no me alcance.

Nacionalismo es Amor

Aún sin pretender ser original, diré algo que poco se dice: el nacionalismo es amor. Esta afirmación, que sorprenderá a algunos de los que gustan identificar a los nacionalistas como energúmenos, es absolutamente cierta. El nacionalismo, queridos amigos, es una elemental reacción de amor, hacia aquello que ciertas personas, con una determinada formación cultural no podemos evitar amar, aunque eso, la educación actual lo está tratando de corregir.
No sé si resultará obvio pero debo decirlo:
El nuestro es un amor elemental: a nuestras familias, a nuestros amigos, a nuestro barrio, al recuerdo de nuestra infancia, a sus árboles, a sus calles, a los compañeros de escuela, a nuestros vecinos, a nuestros símbolos patrios, a nuestras canciones, a nuestro territorio, a nuestros hermanos y compatriotas, a los próceres, a los caídos, a la silueta de la abuela en el patio, a los niños que vemos pidiendo por las calles, a las noches de estrelladas, bajo la Cruz del Sur, al vino, a la charla junto al fuego, a las rondas de mate.

Sentido político del amor

O dicho de un modo un poco más político, nuestro amor, se desarrolla en una comunidad orgánica, organizada en torno a un destino común, que implica la defensa elemental de una forma de vida, de una cultura, de una memoria, de un territorio y de sus recursos.
El nacionalismo es básicamente: un amor que reacciona, con una voluntad de defensa de lo que es espiritual y materialmente propio.
En ese sentido, debo admitir, si reaccionario es el que reacciona, que somos profundamente reaccionarios. Pero la nuestra es una reacción ante la injusticia, y nuestro orden, no es el orden de la violencia, sino de la restauración del amor sobre las cosas que merecen ser amadas y defendidas.

Orden en la Justicia

Orden y justicia no existen para nosotros por separado.
Y valga un párrafo especial para nuestra justicia social. Igualar lo desigual es darle poder a una burocracia, liberal o marxista, no importa. Nuestra justicia social está siempre referida a un orden de responsabilidad y merecimientos.
La justicia social se da siempre en un contexto. Sacarla de su contexto orgánico para igualar, es solamente nivelar por abajo y para abajo, dejando que lo de arriba, lo de muy arriba, se fortalezca, concentre su poder ante una masa igualitaria indiferenciada y amorfa.
Nuestra defensa de valores no es ideológica sino concreta, constructiva, sencilla, directa, clara y amplia. Nuestros matices nos enriquecen. El nacionalismo no es un dogma teológico, aunque nuestros valores históricos sean cristianos.

¿Dónde está el nacionalismo?

No somos un cenáculo. Nos gusta la calle, el sentido común de la gente de trabajo. Podemos ser poetas o intelectuales, pero no queremos hacer un movimiento de poetas o intelectuales.
Se dice que mientras los turcos invadían Bizancio, sus habitantes discutían sobre el sexo de los ángeles. Por eso, no somos el nacionalismo que fue, sino el que será. El que sabe, por experiencia, que no hay nada, ni nadie fuera de nosotros mismos, que vaya a defender lo que amamos.
Por eso a veces nos ponemos ásperos, con aquellos que le llaman a sus frustraciones e intereses nacionalismo. Con los que llaman a sus problemas hormonales o psicológicos nacionalismo.

¿Quién es nacionalista?

Nacionalista es el que va bien temprano a trabajar, con la pala atada a la bicicleta, mientras los autos le pasan rozando. Nacionalista es el que le corta una flor a su mujer cuando vuelve del trabajo. Nacionalista es el que se toma dos micros para llevar a sus hijos a la escuela. Nacionalista es el que llora al oscuro, para que no lo vea nadie, de impotencia porque no consigue trabajo. Nacionalista es el que no roba. Nacionalista es el que conserva una santa indignación, el sentido común, el que sabe que la realidad existe independiente de lo que el piense y que la naturaleza tiene un orden que hay que respetar, por que fue hecho por alguien que esta arriba nuestro.
Los nacionalistas somos muy sensibles. Yo diría que los únicos sensibles, los únicos que amamos de verdad, porque el que entrega lo suyo, el que no lo defiende, es un insensible miserable, tenga la ideología que tenga.

Nuestro Nacionalismo

Nacionalismo es lo elemental. Lo que existe antes y después. La dulce barbarie de lo elemental: un padre volviendo del trabajo, un abuelo contando a sus nietos una historia, una madre poniendo paños fríos en la cabeza de su hijo.
Nacionalismo es amor, porque nosotros no asesinamos niños en el vientre de sus madres, porque nosotros no vendemos a precio vil el territorio, ni los metales de las minas, ni el petróleo, ni nos hacemos los desentendidos cuando los pibes deambulan solos por las calles, o cuando los jóvenes se pervierten alegremente. No necesitamos tampoco un auto último modelo.
Nacionalismo es lo elemental, lo visceral, lo antiguo, la poesía, lo que nos cuesta esfuerzo conseguir, lo justo, los mejores recuerdos de la infancia, los hijos de nuestro pueblo congelándose en Malvinas.
No sé cómo explican desde la teoría política a los ladrones y cobardes, pero me parece que la complican demasiado. Por eso aburren, por eso no les da bola nadie.
La Patria está en la calle camaradas, vayamos a buscarla, para abrazarla como a una novia, en las esquinas.

martes, 25 de marzo de 2008

¿CUAL ES NUESTRA CULTURA?

Juan Pablo Vitali


Lo primero que hay que decir respecto a la pregunta que da título al texto, es que para la mayoría de la población, ya no tiene importancia.
¿Le puede interesar esa pregunta, a los esclavos del paco, de los videojuegos, de la cuota del auto, y de la infinita cantidad de propuestas del sistema nos impone para descerebrarnos?
¿Será esa pregunta, irremisiblemente algo del pasado?
Seguramente para muchos sí, pero nosotros, todavía nos planteamos estas cosas, porque algunos, todavía no somos el tipo de bestia consumista en que se han convertido tantos compatriotas, y por qué no decirlo, de habitantes de este mundo, en el que cada vez es más difícil vivir, aunque todos miren para otro lado, rogando que no se les acabe la suerte.

Pregunta Ridícula

El primer y gran logro del enemigo es que una pregunta como ésta, suene ridícula. Porque al que no tiene ninguna cultura, no le interesa cuestionarse nada, y el que la tiene, suele estar encerrado en la soberbia de ciertos dogmas de la misma, que excluyen casi siempre, a todos los que están fuera de un círculo sectario, sólo para un puñado de acólitos.
Los criollos, los indios, los mestizos, los gringos, los gallegos, los rusos, los turcos, los tanos, fueron todas formas anecdóticas y simpáticas de denominar matices, de algo que estaba por detrás y por encima, algo más fuerte, algo mágico, que convertía todo eso en una sola fuerza. Ese algo era ser argentino. La fuerza de ese ser nacional, no estaba dividida en todas esas peculiaridades, aunque siempre hubieran los que querían rascarse para adentro, y unos pocos, muy pocos, que por conveniencia preferían rascarse para afuera.
¿Tan débil es nuestra nacionalidad, cuando pudo unir tanto como lo antedicho y mucho más, bajo una sola bandera, y en un territorio tan extenso como el nuestro? ¿Tan débil fue nuestro patrón cultural, como para que no hubiera otra forma de eliminar su resistencia, que la persecución sistemática a todo lo nacional?
Ahora resulta que todo aquello que nos mantuvo unidos pese a las diferencias, es un estereotipo represivo. Todo orden es represión, todo respeto, todo límite moral, todo reclamo de justicia, todo lo relacionado al sentido común.
Y acá no se trata de andar vestido de gaucho todo el día, sino de darse cuenta, mediante la más inocente lógica, que lo amorfo perece, que las felices masas narcotizadas no son un pueblo, sino un conjunto de reses que van al matadero, y que todo lo que somos, proviene de la época en que teníamos una Patria, un Dios, un pueblo, una bandera, un territorio.
Aún quienes proclamaron ideas políticamente negativas o contradictorias para el interés nacional, como Jorge Luis Borges, terminaron aferrados a los viejos patios, a los sables, a los suburbios y a los gauchos.
Aún quienes a fuerza de ser inútilmente antipopulares equivocaron el camino, no hicieron otra cosa que llorar la decadencia de la grandeza nacional. ¿Qué otra cosa hace Manuel Mujica Lainez cuando nos cuenta, en definitiva, como los de su clase no supieron hacer una Patria a la medida de sus antepasados los conquistadores?
Y aunque admiro profundamente la literatura de estos autores, debo decir que el coraje no se compra, se tiene, o no se tiene, y ellos no lo tuvieron.
Leopoldo Lugones, que vio la fatal pequeñez que se venía, y no quiso ser cómplice de ella. Quizá por eso eligió el cianuro, que es una desesperada y desagradable forma de dar testimonio, pero una forma al fin.
La Argentina profunda, cubrió de algún modo las falencias de las clases dirigentes, y forjó una unidad.
Si ahora quieren bajar a Roca de sus pedestales. No es por su proyecto político, que todos estos que ahora lo repudian, compartían, sino porque una gran extensión y un ejército en marcha son un mal antecedente. La grandeza de cualquier tipo es mala, cuando se requiere la pequeñez de la entrega y la dominación.

La Grandeza es mala

La grandeza del territorio es mala, de un solo idioma, de un solo ejército, de una sola religión, de una sola estirpe, que no necesita llamarse raza, porque incluye y absorbe los elementos de varias de ellas, en una proporción que sin necesidad de porcentajes vino a llamarse criollo. Porque todos fuimos criollos en esta bendita tierra lacerada.
Pero eso era antes, ahora somos raperos, guevaristas, libremercadistas, ecologistas, rastafaris, mapuches, darks, zapatistas, stones, skaters, cumbieros, drogadictos, piqueteros, asesores, punteros, gays, lesbianas, astrólogos, gurús, vegetarianos transgénicos, freudianos, defensores del aborto, de las terapias alternativas, de la liberalización de la droga, de los animales en extinción, de los pueblos originarios (¿Yo no soy originario que también nací acá?), del reiki, del fenshui, del origami, de las murgas contestatarias, de los artistas callejeros, o de todas estas cosas juntas y otras más que olvido o desconozco.
Pero sobre todo, nos hemos convertido en algo que antes era vergonzoso y menos frecuente: en ladrones. Donde antes había un ladrón ahora hay un millón. Nada es vergonzoso, ya todo se hace a la luz del día, sin que se asombre nadie. Y los progresistas pujan con la derecha por el primer puesto en el ranking de los ladrones.
Ninguno de ellos vale ni la mitad de lo que valía un criollo. Y ni que decir varios criollos juntos, fueran hijos de español, de indio, de italiano, de alemán, o de sirio libanés, cuando ser argentino era habitar un territorio grande y defenderlo, trabajar el campo o la fragua, decir la oración a la bandera, tener buenas lecturas, formar una familia, cantar la marcha de San Lorenzo, propender a la justicia social, y estar constantemente preocupado por el destino del país.
De aquella estirpe de hombres sacrificados y valientes, tuvimos nuestra prolongada paz sureña. Pero la suerte se acaba, si no nos ponemos firmes, lo que tendremos en el futuro, va a ser el saqueo final, y una guerra de tribus.
Es cierto, defendemos un orden, pertenecemos a una cultura, somos criollos, de una sola estirpe, antigua, fuerte y unida, bajo la Cruz del Sur.
Pero el nuestro no es cualquier orden, no creemos que las cosas se arreglen si respetamos los semáforos, como creen algunos módicos reaccionarios liberaloides.
Actuar es incómodo, pero también será incómodo morir de rodillas, como les pasará a muchos, de los que creen que a ellos no les va a tocar.
Ser criollo no es andar vestido de gaucho, sino ejercer la defensa de lo que uno es por cultura, por sangre, por tradición, por interés nacional, y porque la paz gastronómica del Sur, se terminó hace rato, aunque nos sigamos haciendo los estúpidos.