martes, 12 de marzo de 2013

LIBERALISMO CATÓLICO

 En referencia al artículo “La relación de los últimos Papas con el Poder” (Diario La Nación, lunes 4 de marzo de 2013), de Mons. Mariano Fazio (Vicario del Opus Dei),  reproducimos parcialmente el artículo “Los neomaritaineanos” del Dr. Fernando Romero Moreno  publicado en el número 22 del Diario de Filosofía del Derecho de “El Derecho” (UCA), Noviembre del 2011, en el que se refiere a ciertas tesis del Vicario del Opus Dei en la Argentina,
Si bien esta pagina tiene una finalidad estrictamente política este articulo  y el del Dr. Romero Moreno son de suma importancia para dejar aclarada una serie de cuestiones que suelen ser motivo de debate en este blog. Sabemos que a una teología se corresponde una política determinada y al liberalismo teológico se corresponde por lo general el liberalismo político y económico y en la actualidad, la adscripción a las políticas y estrategias globales que llevan adelante el imperialismo norteamericano, sus aliados y el Sionismo o sea el Poder Mundial. Suelen identificarse estas tendencias con lo que llamamos "Sionismo Católico", muy difundido en EE UU (aqui aunque no se note también) de la mano de Michel Novak, teórico de la "guerra justa" noreamericana, contra Irak. 
Podemos decir entonces:
1.- El articulo de Mons. Fazio deja en claro que la posición liberal está bastamente difundida (el es cabeza local de una organización católica de primordial importancia) entre la mas alta jerarquía y el clero católico asi como entre la feligresía. En determinadas capas sociales es abrumadoramente mayoritaria.
2.- Se deduce del articulo, el por qué,  quienes  profesan esa tendencia, solo les preocupa y eventualmente luchan (siempre de forma tibia o inapropiada) contra ciertas políticas del Sistema o Régimen de Dominación (aborto, control de la natalidad, "casamiento" de los homosexuales) y no rechazan al mismo en un todo. Pretenden aceptarlo con beneficio de inventario, cosa que a todas luces es imposible por el carácter totalitario del Poder Mundial esencialmente liberal, que alienta la Globalización homogeneizadora de la política, la economía y la cultura; y dilusora de las soberanias nacionales. Aquello del pensamiento único y finalmente de un mundo sin  fronteras ni nacionalidades hermanado por los mercados especialmente financieros.
3.-También ilustra mucho sobre  por qué, gran parte de la jerarquía acepta el pensamiento hegemónico: derechos humanos. democracia moderna, "respeto a la identidad de cada uno" (termino sospechoso y ambiguo), sacralización del denominado "Holocausto" etc. dejando absolutamente en el olvido las condenas ex catedra al liberalismo por pare de los Papas Pio IX y la que se realizara al Modernismo por boca de Pio X, como si las mismas fueran inexistentes y calla también que muchos de los Papas que sí menciona  condenaron en su momento  al liberalismo y al modernismo.
4.- Finalmente nos hace inferir el acotadisimo margen, para no llamar  imposibilidad practica y concreta, de hacer política confesional dirigida a la conquista de espacios de poder y eventualmente a conquistar el Estado, pues siendo esta la visión teológica-política imperante en la cupula de la  Iglesia, encontrar un aval mínimo para ello seria muy dificultoso, pues la jerarquia, lo considerarían incurso en el error de "clericalismo".
Recomendamos leer estos dos articulos y complementarlos con la lectura de "Documento Vaticano y Gobierno Mundial" del Tte. Cnel Santiago Roque Alonso en Diario Patria Argentina de enero y abril de 2012 (Boletines CCP 172 y 174) para conocer la verdadera magnitud y finalidad del liberalismo católico.


 LA RELACION DE LOS ULTIMOS PAPAS CON EL PODER.
 Por Mons. Mariano Fazio

PIO IX CONDENÓ EX CATEDRA AL LIBERALISMO EN EL SILLABUS

D e Benedicto XV a Benedicto XVI, la Iglesia contó con pontífices "expertos en humanidad", fieles a su misión. Provenientes de distintas naciones y estratos sociales, con personalidades muy diferentes entre sí, los papas de los últimos 100 años, desprovistos de poder humano, pero confortados con la asistencia divina, han sido auténticos testigos de la verdad y de la caridad. Nunca en la historia de la Iglesia moderna se han sucedido en la sede de Pedro vicarios de Cristo tan convincentes, que se convirtieron, para toda la humanidad, en custodios y garantes de la dignidad de la persona y promotores de la paz.
En 1870, la Iglesia Católica había perdido el dominio sobre los Estados pontificios. A partir de esta carencia de poder temporal, la voz de los papas se hizo sentir clara y nítida, pues la autoridad moral del pontificado creció en forma exponencial después de la desaparición de su poder político. La libertad espiritual ganada por la Sede Apostólica es uno de los beneficios providenciales que trajeron esos sucesos, considerados por los católicos de ese momento como un golpe durísimo infligido a la Iglesia.
El proceso de secularización se puede interpretar en dos vertientes: en primer lugar, como la intención de excluir totalmente a Dios de lo público, reafirmando la autonomía absoluta del hombre, constituyendo la religión como un hecho privado, carente de interés -y hasta peligroso- para la vida social.
En segundo lugar, como proceso de desclericalización de la vida política y social, que reivindica la legítima autonomía relativa del orden temporal. Benedicto XVI llama a la primera vertiente laicismo, y a la segunda, sana laicidad. Esta tríada clericalismo-laicismo-sana laicidad ofrece la posibilidad de comentar la compleja relación entre la Iglesia y la Modernidad.
Los casi 100 años que van desde el pontificado de Benedicto XV hasta la actualidad han visto un aceleramiento del proceso de secularización. Los romanos pontífices no fueron espectadores pasivos de este proceso. El camino recorrido comienza con Benedicto XV y coincide con el inicio de la Primera Guerra Mundial, hecho histórico clave para comprender la crisis de la cultura de la Modernidad en la que estamos todavía inmersos: la Gran Guerra fue un mentís al optimismo decimonónico liberal y positivista que pensaba que el siglo XX sería el siglo de la glorificación prometeica de la humanidad. En las trincheras de media Europa, esta ilusión se desvaneció rápidamente.
La Primera Guerra Mundial inaugura un período cultural nuevo, no tanto por el cambio de las categorías mentales, sino por la vívida percepción de las consecuencias sociales, económicas, políticas y morales de esas mismas categorías ideológicas: se rompe el paradigma del progreso indefinido por medio del avance científico.
El pensamiento de los papas del último siglo se puede dividir en dos partes, con el Concilio Vaticano II en el centro: la primera incluye los pontificados de Benedicto XV, Pío XI y Pío XII (1914-1958), y la segunda parte se ocupa del Concilio Vaticano II, que se desarrolla durante los pontificados de Juan XXIII y Pablo VI, y se despliega en la vida de la Iglesia durante los de Juan Pablo II y Benedicto XVI.
En la primera mitad del siglo, Benedicto XV, Pío XI y Pío XII tuvieron que enfrentarse a manifestaciones violentas y extremas de la secularización entendida como afirmación de la absoluta autonomía humana. Frente a los totalitarismos de derecha y de izquierda, los papas reaccionaron denunciando la pérdida de la visión trascendente de la persona, que implica respeto por su dignidad espiritual y una organización político-social acorde con dicha dignidad.
No se trató sólo de denuncias: las propuestas para el restablecimiento de la paz y de la justicia, las movilizaciones a favor de las víctimas de las tragedias contemporáneas, la exposición de los principios de una doctrina social que pone en el centro de su atención la persona humana y sus derechos y el recurso a la oración para promover la misericordia constituyen algunos de los medios practicados por los papas de la primera mitad del siglo para aliviar las consecuencias de las guerras.
Benedicto XV, Pío XI y Pío XII tuvieron clara conciencia de la gravedad del proceso de secularización que consagraba una visión que exasperaba el afán de dominación. Las circunstancias culturales de su época les hacían añorar una societas christiana que había sido el paradigma social de la Edad Media y, en menor medida, el del Antiguo Régimen. No se trataba, obviamente, de una nostalgia ingenua de un tiempo pasado que también presentaba notables limitaciones. Pero todavía no estaban los tiempos maduros para una toma de conciencia plena de la positividad de la laicidad.
No obstante, las continuas referencias de Benedicto XV, Pío XI y, de modo particular, de Pío XII a favor de una profundización y respeto del derecho natural y de la ley natural -en sintonía con la próxima declaración universal de los derechos humanos- ponen de manifiesto que la defensa de la dignidad de la naturaleza humana es un elemento esencial de la tradición cristiana y constituyen el inicio de la renovación que se completará en el Concilio Vaticano II.
En la segunda mitad del siglo XX, junto al continuo avance de la secularización laicista, cobra cada vez más vigor la toma de conciencia de la positividad de la secularización entendida como desclericalización de la sociedad, como distinción entre el orden natural y el sobrenatural, entre Iglesia y Estado. El Concilio Vaticano II, convocado por Juan XXIII y clausurado por Pablo VI, y los pontificados de Juan Pablo II y de Benedicto XVI, en plena continuidad con lo anterior, siguen denunciando las consecuencias destructivas de una visión antropológica con pretensiones de autonomía absoluta, al mismo tiempo que subrayan la dignidad de la persona humana, dejada por Dios libre para tomar decisiones en un campo amplísimo de su actividad, guiada por la conciencia abierta a la verdad y movida por deseos de justicia, solidaridad y paz.
Joseph Ratzinger eligió su nombre papal en alusión a la tarea de promoción de la paz que había guiado a Benedicto XV. El Papa teólogo se identificó a sí mismo desde el primer momento con el anuncio de la paz, en un mundo atiborrado de violencia. "La paz es obra de la solidaridad", había dicho Juan Pablo II en 1988. Sólo la capacidad de entregar algo de lo propio para beneficio del otro, sólo quien está dispuesto a superar el propio egoísmo es un verdadero promotor de la paz. La primera solidaridad es la apertura al diálogo y la confianza en que es posible compartir unos valores fundamentales, valores que no negocian con el poder ni el dinero, sino que son a la vez salvaguarda de los más débiles y condición de la vida en común.
Muchos de los anhelos de libertad y de justicia que movilizaron energías humanas en el siglo XIX, a veces teñidos de anticlericalismo por la confusión reinante entre el trono y el altar, encuentran hoy en la doctrina católica -en particular con la afirmación del valor propio de lo temporal y la libertad religiosa- un lugar privilegiado. Doctrina ya presente en el Evangelio, pero que siglos de historia vividos entre la heroicidad de la santidad y la mezquindad de la miseria humana se ocuparon de oscurecer. Una parte fundamental de la herencia que nos deja Benedicto XVI es su doctrina de la sana laicidad, sobria y positivamente promotora del pluralismo y del respeto por la identidad de cada uno y de cada una, afirmada sobre los derechos humanos, y muy consciente de que la fe se debe proponer de corazón a corazón.
El autor, vicario del Opus Dei en la Argentina, escribió De Benedicto XV a Benedicto XVI. Los papas contemporáneos y el proceso de secularización.
 Fte. Diario LA NACION


EL LIBERALISMO CATÓLICO DE MONS. MARIANO FAZIO
Por Fernando Romero Moreno



 PIO X CONDENÓ EX CATEDRA AL LIBERALISMO CATÓLICO EN LA  PASCENDI
El error del “liberalismo católico”, es de antigua data. Con diversidad de matices y tendencias, puede rastrearse su origen en el pensamiento de Lamennais y probablemente su representante mayor en el siglo XX haya sido Jacques Maritain. La oposición entre las tesis de este liberalismo con la Fe católica fue expuesta por la mayoría de los Papas, sobre todo a partir de Gregorio XVI.
Como saben los entendidos, en su naturaleza más íntima el liberalismo católico es, por un lado, un naturalismo o semi-naturalismo político que promueve un laicismo “moderado”, según aquel apotegma clásico convertido por ellos en “ideal” o “tesis”: La Iglesia libre en el Estado libre. Es decir, la renuncia a la doctrina del Estado católico, convirtiendo en una norma “de máxima” la hipótesis del Estado laico “aconfesional”, respetuoso de la Ley Natural y de la libertad de la Iglesia.
Junto con esto, caracteriza al liberalismo católico un intento de superar el individualismo y el utilitarismo de los liberales ilustrados mediante una antropología “personalista” que desnaturaliza la naturaleza del bien común (…)
 En los últimos treinta años se ha ido desarrollando una variante del “liberalismo católico” que sólo tiene diferencias de grado con el anterior, viene formulado con una terminología nueva – al menos en parte – y  pretende apoyarse en los documentos del Concilio Vaticano II y en las enseñanzas de los Papas posteriores al mismo.
Además, frente a la “aventura de la teología progresista”, es visto en muchos ambientes  como un baluarte de ortodoxia.
Antes de explayarnos en los errores de esta corriente, queremos  reconocer que, en  sus representantes, hay un genuino y legítimo deseo de cristianizar el orden temporal; de garantizar la legítima autonomía de las realidades terrenas; de recordar la misión que tienen los laicos de santificarse y santificar la vida personal, familiar y social (la “consecratio mundi”); de respetar la legítima libertad en cuestiones opinables y prudenciales; de dar fundamento a una sana laicidad; y, en definitiva, de “oxigenar” los ambientes cristianos de actitudes y mentalidades clericales o integristas, proclives al celo amargo, a un desordenado “agere contra” y a una intransigencia cerril no con el error, sino también con las personas que yerran. Por otro lado, sus representantes han hecho aportes valiosos en distintos campos del saber, como la teología, la filosofía, el derecho, la historia, la economía, etc.
No obstante y más allá del natural aprecio que sentimos por algunos de ellos (a quienes conocemos personalmente), no podemos dejar de advertir sobre los errores de sus posturas.
Algunos de los referentes más importantes de este liberalismo católico son, según nos parece, Pedro Lombardía, Michael Novak, Andrés Ollero Tassara, Martín Rhonheimer, Roberto Bosca, Alfonso Santiago, Rafael Termes, Gabriel Zanotti, Alejandro Chafuén, George Weigel, Mons. Mariano Fazio y Juan Manuel Burgos (…)
Una característica de esta corriente es, en general, la defensa como ideal de una “laicidad aconfesional” en una comunidad política respetuosa de la Ley Natural, teniendo como superada – por clerical o integrista – la doctrina tradicional acerca de la necesidad del Estado católico.
Esta “laicidad aconfesional” (separación amistosa entre el Estado y la Iglesia) presentada como “tesis” fue oportunamente reprobada por el Papa León XIII (en relación al caso norteamericano, que el Santo Padre consideró como la mejor solución para esa nación dadas sus circunstancias, pero no como el “ideal supremo”)  y el Concilio Vaticano II no cambió nada al respecto, pues sostuvo que la doctrina tradicional sobre las relaciones Iglesia-Estado seguía vigente, idea que nos parece ser la clave hermenéutica para interpretar correctamente la Declaración “Dignitatis Humanae”.
Dice el Concilio: “puesto que la libertad religiosa que exigen los hombres para el cumplimiento de su obligación de rendir culto a Dios, se refiere a la inmunidad de coacción en la sociedad civil, deja íntegra la doctrina tradicional católica acerca del deber moral de los hombres y de las sociedades para con la verdadera religión y la única Iglesia de Cristo” .
Es que la Iglesia siempre ha sostenido, como enseñanza  definitiva de su Magisterio Ordinario y Universal, que, supuesta una comunidad mayoritariamente católica, el Estado debe serlo también. Y esto no sólo por razones culturales, sino porque el hombre debe rendir culto a Dios de modo individual como social. No “favoreciendo el hecho religioso en general” (indiferentismo político) sino con actos de culto público al Dios Uno y Trino de la Revelación cristiana, con la subordinación de su orden político y jurídico a la Ley Natural y a la Ley Divino-positiva, con el reconocimiento expreso de la Realeza social de Nuestro Señor Jesucristo, y con el apoyo a la Iglesia Católica, sin menoscabo de la recíproca libertad del Estado y de la Iglesia en sus campos respectivos (distinción de potestades, sin separación).
Eso no supone, pues, defender un Estado fundamentalista, clerical o integrista (confusión entre lo temporal y lo espiritual). Que en el “modelo de Cristiandad medieval” hubiera desviaciones en ese sentido (como de hecho las hubo) no es algo consubstancial a la naturaleza del Estado católico. De modo que identificar la mentada “unión del Trono y del Altar” como una “esencial” confusión entre lo sacro y lo profano es una afirmación falsa.
Si una novedad vino a aportar el Concilio Vaticano II fue la de complementar las enseñanzas clásicas acerca de las relaciones Iglesia-Estado con una mejor comprensión de la autonomía relativa de lo temporal (sana laicidad) y con la doctrina de la libertad “civil” en materia religiosa, pero dejando intactas las obligaciones del hombre y de la sociedad respecto de la verdadera Iglesia de Cristo.
Esa misma noción de “libertad religiosa” tiene aún que formularse de modo más claro – una mejora nos parece que ya existe en el Catecismo de la Iglesia Católica – para mostrar la continuidad, en lo esencial y definitivo, respecto del Magisterio precedente. La hipótesis de un Estado laico “aconfesional” pero respetuoso de la Ley Natural, siempre fue vista por la Iglesia como un “mínimo exigible” en naciones pluriconfesionales y con comunidades católicas minoritarias. Pero, repetimos, nunca como “el” ideal. Por otro lado, dicho Estado, históricamente no existió y antropológicamente es de difícil aplicación, si contamos con la existencia del pecado original y con las distintas “interpretaciones” que de hecho hay acerca del iusnaturalismo.
Hay en esta tendencia, además, una visión altamente optimista de la Modernidad, valorando lo que llaman el proceso de “desclericalización” (aunque critiquen el secularismo), que ha permitido pensar en la posibilidad de una Modernidad “cristiana”, cuyos antecedentes serían la Segunda Escolástica Española, el liberalismo “moderado” al estilo de Tocqueville, el personalismo de Maritain y Mounier, y el Magisterio del Concilio Vaticano II ( sobre todo a partir de la Constitución “Gaudium et spes” y la Declaración “Dignitatis Humanae”).
El principal problema de esta interpretación es la “justificación”, no ya sólo doctrinal sino también histórica, de las ideas del nuevo liberalismo católico.
Respecto de esto, nos parece importante aclarar lo siguiente: consolidados los cambios religiosos, políticos, sociales, culturales y económicos de la Modernidad (Reforma Protestante, Ilustración, Revolución Francesa, Capitalismo y Revolución industrial), aparecieron entre los católicos, dos tendencias fundamentales lícitas en relación al juicio que este proceso merecía y al modo de actuar frente a las nuevas realidades.
Una tendencia fue el tradicionalismo (José de Maistre, Donoso Cortés, el Cardenal Pie, Mons. Delassus, Juan Vazquez de Mella, el Cardenal Billot, Julio Meinvielle, entre otros) que se caracterizó por realizar un juicio altamente crítico de la Modernidad y la Revolución, defender el ideal de Cristiandad (comunidades políticas católicas) y juzgar como erróneos los intentos de cristianizar la democracia liberal, el capitalismo y el socialismo.
Esta tendencia, ortodoxa en sus representantes más importantes (aunque teñida de tradicionalismo filosófico en Francia), podía llevar en su seno el peligro del integrismo y el fundamentalismo (confusión de los órdenes natural y sobrenatural, desconocimiento de la legítima autonomía de lo temporal, mentalidad de partido único), pero en sí misma era y es una tendencia legítima, en tanto y en cuanto se mantuviera y se mantenga fiel al Magisterio de la Iglesia.
Hay muchos tradicionalistas ortodoxos, prudentes, con una sana libertad de espíritu, abiertos al diálogo verdadero, a los que sólo calumniando se puede tildar de “integristas” o de “clericales”. Por caso, podemos citar el ejemplo, entre nosotros, de Carlos A. Sacheri.
Otra corriente que podemos denominar socialcristiana prefirió rescatar de la Modernidad los aspectos que no eran necesariamente incompatibles con el Orden Natural y con la Fe católica, procurando cristianizar el régimen republicano, la economía de mercado (en otros casos el Estado de Bienestar), e incrementar el diálogo con la cultura contemporánea. Tal opción también era y es legítima, como lo prueban los casos de Federico Ozanam, Albert de Mun o Augusto del Noce o entre nosotros de Juan Rafael Llerena Amadeo o Eduardo Ventura (de hecho, el problema no está en defender un modelo republicano, de economía de mercado y sana laicidad, asunto que está dentro de las opciones legítimas y opinables de que goza cualquier católico - sobre todo lo referente a los dos primeros aspectos -  sino hacerlo de un modo contrario a las enseñanzas de la Doctrina Social de la Iglesia: democracia “naturalista”, capitalismo “liberal” y laicidad “aconfesional”).
El peligro de esta corriente más “abierta” hacia la Modernidad, radicó y radica en un desordenado afán por conciliar con la Modernidad y la Posmodernidad que puede conducir al error, como sucedió con Lamennais y otros católicos liberales, con el democristianismo de Le Sillon, con las corrientes marxistas de la teología de la liberación y en general, con toda la teología progresista, sea en su versión de “centro” o “centro- derecha” (neoliberalismo católico) o sea en la variante de “izquierda” (tercermundismo o “cristianos para el socialismo”).
Estos errores fueron oportunamente condenados por los Papas, de modo que justificar una “modernidad cristiana” con ejemplos erróneos (por caso, los Padres Fundadores de los EE.UU o la democracia cristiana maritaineana) no parece el camino correcto para alguien que quiera ser fiel a la dimensión pública de la Fe católica, máxime si esas enseñanzas se dirigen principalmente a fieles laicos cuya misión es precisamente la “instauración cristiana del orden temporal” (…) La doctrina de la Iglesia acerca de estas cuestiones no ha cambiado. Una “hermenéutica de la continuidad”, como la que pide Benedicto XVI debe también aplicarse a este punto. Y si hubiera una legítima discontinuidad en algunos temas, como también ha sugerido el Romano Pontífice, la misma debe probarse. Es cierto que sobre las relaciones Iglesia-Estado, la democracia, el capitalismo y las Revoluciones modernas, la Doctrina Social de la Iglesia, no sólo después sino también antes del Concilio Vaticano II, fue teniendo modificaciones parciales. Pero, en lo que al Magisterio Ordinario y Universal se refiere, siempre se trató de cambios acordes con la Tradición. Supuesto que ahora hubiera dudas respecto de algunos documentos, deben interpretarse de acuerdo al Magisterio definitivo precedente.
En lo que hace a uno de los aspectos principales del error católico liberal (el pelagianismo o semipelagianismo político) veamos lo que enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: “El deber de rendir a Dios un culto auténtico corresponde al hombre individual y socialmente considerado. Esa es ‘la doctrina tradicional católica sobre el deber moral de los hombres y de las sociedades respecto a la religión verdadera y a la única Iglesia de Cristo’ (DH 1). Al evangelizar sin cesar a los hombres, la Iglesia trabaja para que puedan ‘informar con el espíritu cristiano el pensamiento y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad en la que cada uno vive’ (AA 13). Deber social de los cristianos es respetar y suscitar en cada hombre el amor de la verdad y del bien. Les exige dar a conocer el culto de la única verdadera religión, que subsiste en la Iglesia católica y apostólica (cf DH 1). Los cristianos son llamados a ser la luz del mundo (cf AA 13). La Iglesia manifiesta así la realeza de Cristo sobre toda la creación y, en particular, sobre las sociedades humanas (cf. León XIII, enc. "Inmortale Dei"; Pío XI, enc. "Quas primas")”.
Y al referirse a la doctrina sobre la libertad religiosa afirma: “El derecho a la libertad religiosa no es ni la permisión moral de adherirse al error (cf León XIII, enc. "Libertas praestantissimum"), ni un supuesto derecho al error (cf Pío XII, discurso 6 diciembre 1953), sino un derecho natural de la persona humana a la libertad civil, es decir, a la inmunidad de coacción exterior, en los justos límites, en materia religiosa por parte del poder político. Este derecho natural debe ser reconocido en el ordenamiento jurídico de la sociedad de manera que constituya un derecho civil (cf DH 2) (…) El derecho a la libertad religiosa no puede ser de suyo ni ilimitado (cf Pío VI, breve "Quod aliquantum"), ni limitado solamente por un ‘orden público’ concebido de manera positivista o naturalista (cf Pío IX, enc. "Quanta cura"). Los ‘justos límites’ que le son inherentes deben ser determinados para cada situación social por la prudencia política, según las exigencias del bien común, y ratificados por la autoridad civil según ‘normas jurídicas, conforme con el orden objetivo moral’ (DH 7)” [11].
Por su parte, ese gran defensor de la secularidad o sana laicidad bien entendida, de la legítima libertad política en cuestiones opinables y prudenciales, un crítico agudo del clericalismo y del “catolicismo oficial” como fuera San Josemaría Escrivá (al que algunos de estos autores que mencionamos presenta erróneamente como precedente de la “secularidad” entendida al modo “católico-liberal”, coincidiendo en esto – aunque en sentido contrario – con ciertas interpretaciones tradicionalistas acerca del Fundador del Opus Dei), no dudó en felicitar al entonces Jefe del Estado Español precisamente por seguir la doctrina de la Iglesia en este punto. En carta al mismo del 23 de mayo de 1958, decía: “aunque apartado de toda actividad política, no he podido por menos de alegrarme, como sacerdote y como español, de que la voz autorizada del Jefe del Estado proclame que ‘la Nación española considera como timbre de honor el acatamiento a la Ley de Dios, según la doctrina de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, única y verdadera y Fe inseparable de la conciencia nacional que inspirará su legislación’. En la fidelidad a la tradición católica de nuestro pueblo se encontrará siempre, junto con la bendición divina para las personas constituidas en autoridad, la mejor garantía de acierto en los actos de gobierno, y en la seguridad de una justa y duradera paz en el seno de la comunidad nacional”.
En cuanto a las libertades e instituciones “liberales” escribió: “Es necesario contrarrestar con denuedo esas 'libertades de perdición', hijas del libertinaje, nietas de las malas pasiones, biznietas del pecado original..., que descienden, como se ve, en línea recta del diablo”.
Lo que en buena lógica se desprende de estos textos es que para Escrivá no había contraposición entre sana laicidad y Estado Católico, ni identificación entre secularidad y catolicismo liberal. Ideas que no nos consta haya modificado después del Concilio Vaticano II.
Podríamos traer a colación otros textos del Fundador del Opus Dei acerca del laicismo, la masonería o la teología progresista para corroborar lo impreciso de ubicarlo a la par de pensadores heterodoxos como Mounier o Maritain. Pero estimamos que con esto es suficiente.
Con algunas limitaciones en su interpretación, esta misma doctrina sobre el ideal del Estado católico era ya, a la hora de ser redactado el nuevo Catecismo, la tesis de Fernando Ocáriz (mejorando ideas de De Fuenmayor), en la que procuraba mostrar la continuidad del Concilio Vaticano II con el Magisterio anterior. “Hermenéutica de la continuidad” que, con más precisión, ya habían esbozado oportunamente el P. Victorino Rodríguez O.P. y Mons. Guerra Campos.
 Sobre otros puntos del liberalismo católico, que ahora se presenta “aggiornado”, se expresaron con claridad Charles de Koninck, Leopoldo Eulogio Palacio, Julio Meinvielle], Eudaldo Forment, Carlos Cardona, Héctor H. Hernánde o Luis María Sandoval, entre otros.
Catolicismo y liberalismo, como catolicismo y socialismo, son, pues incompatibles. Si es ilegítima una “teología de la liberación” de inspiración marxista, también lo es una doctrina de la laicidad, la democracia, el capitalismo y la Modernidad de carácter liberal o neoliberal.

Fernando Romero Moreno es: Abogado (UNR); Profesor Superior Universitario en Abogacía (UCA); Secretario Académico del Centro de Estudios Universitarios del Rosario (CEUR); Director de Estudios del Colegio Los Arroyos (APDES-Rosario); Miembro del Equipo Coordinador de la Licenciatura en Organización y Gestión de Centros Educativos (LOGE), Escuela de Educación, Universidad Austral (Rosario); Profesor de “Antropología de la Educación” y “Pedagogía” en la LOGE-Universidad Austral (Rosario).

sábado, 9 de marzo de 2013

EL SISTEMA NECESITA DE LA DIVISIÓN

QUE NO QUEDE NI UNO SOLO

 El Sistema es uno solo, tanto a nivel mundial como localmente. El mismo Sistema no presenta alternativas a si mismo, pero es un mecanismo, una maquina con una finalidad determinada, para el caso nuestro diluir el Estado en beneficio de la globalidad, para ello es necesario dividir falsamente a la sociedad en base a diferentes opciones que en definitiva son caminos que desembocan en un mismo destino.Hacer al mismo iempo el verso de la alternancia en el poder. En Argentina, la degradación política ha sido tan grande en estos diez años que esas opciones que presentan son consecuentemente degradadas hasta extremos indecibles, infantiles y grotescas en algunos casos. La finalidad es evitar la unión del pueblo pues toda unión del pueblo es peligrosa por la grandisima posibilidad que hay de que reclame la abolición del Régimen. La repetición del inorgánico y confuso ¡Que se vayan todos! del 2001 que canalizado correctamente podria haber delineado otra Argentina..

Lo que van a leer no es una muestra de moderación política, tampoco la intentona de lograr un punto medio entre dos visiones supuestamente  antagónicas, sino un escrito contra el Sistema o Régimen de Dominación que nos viene haciendo perder el tiempo, un tiempo que él gana para orquestar el desguace definitivo de nuestra Patria. Digo esto porque los enceguecidos de siempre posiblemente ni traten de entenderlo antes de levantar la piedra para tirarla  y otros simplemente no querrán entenderlo justamente para que el sistema continúe con su labor destructiva que lleva ya años delante de nosotros.
Se trata de una breve descripción de las dos tendencias que actualmente disputan el gobierno del Sistema localmente. Quiero que se entienda bien: no existe ningún modelo alternativo en esas dos tendencias que tenga como meta salir del Régimen de Dominación, el  que se basa como hemos dicho ya muchas veces en demo liberalismo político, Capitalismo en economía y progresismo en cultura. 
 La antinomia solo se plasma en una dialéctica donde ambas partes reivindican la democracia como su norte político, siendo lo demás una disputa que se divide en la implementación de diversas variantes del capitalismo liberal y diferente gradación de la cultura progresista. La disputa es por el gobierno del Estado sin sacar los pies del diminuto  plato que nos ha puesto en la mesa el Poder Mundial.
A eso me referiré, a los Kirchneristas y los Antikirchneristas, conforme se viene delineando las diferentes tendencias de un tiempo a esta parte. Si este Régimen funcionó siempre en base a una dialéctica inducida, desde el advenimiento del Kirchnerismo eso se da de una forma mucho más radicalizada. Una polarización inducida también que es lo que en definitiva mantiene unidas las piezas de la maquinaria en funcionamiento. En el 2001 la maquina comenzó a mostrar serias falencias y fisuras de todo tipo. Por eso la cucharada de dialéctica y división debía ser mucho más potente. Lo importante era diluir, disolver.  El objetivo volver a legitimar mínimamente al Régimen, después de 20 años de desastres

Los K
El 2001 significo un principio de unión del pueblo contra el Sistema aunque inorgánico y lleno de contradicciones. Tácticamente fue dispersado  por la acción de la izquierda y a largo plazo se radicalizó esa separación. Duhalde primero y Kirchner finalmente reafirmaban las bases del Régimen y echaban a funcionar nuevamente su maquinaria dialéctica atada con alambre Especialmente fortaleciendo la temática de los 30.000 desaparecidos como pilar cultural del mismo, inflando el globo de los derechos humanos hasta tornarlo un grotesco espantajo, planteando un seudo peronismo mechado de izquierdismo cultural, del tipo  que encanta a los países centrales a los organismos internacionales y a las ONG “humanitarias”(aborto, homosexualidad, liberación de la droga), de eso si tienen todas las taras. Así se hicieron del Estado Los K. Su bagaje ideológico esta repleto  de  mentiras, es en toda la línea una operación de falsa bandera.
Se convirtió a la historia reciente en una caricatura y con esa caricatura barata se adoctrinó a la gente especialmente a los mas jóvenes, se proveyó a la dilución del poder del Estado, prácticamente se liquidó moral y materialmente a las FFAA (que venían siendo destruidas desde el alfonsinismo y ahogadas económicamente por Menem)  y se anarquizó a las policías con lo cual nos convertimos en indefensos y en la seguridad interna el delito escalo a posiciones nunca vistas. Todo en nombre de la ideología derecho humanista cuya abanderada esta siempre en la palestra de la defensa al gobierno: La archicorrupta Hebe de Bonafini. Siempre impune después de robarse todo. Un símbolo de lo más repugnante de la Argentina. Para mayor acopio de basura hasta Maradona se cobijó debajo de las faldas de Cristina.
El aparato delincuencial peronista sirvió justamente para dar aire al sistema: Mientras sus partidarios hablan de revoluciones y socialismos, la realidad es que han arreglado con todos. Al FMI al que defenestraron le pagaron toda la deuda, están hasta el cuello con el Banco Mundial y el Club de Paris. Siendo supuestamente “montoneros” hacen muy bien los deberes que les dejó el Proceso fundador de  la deuda externa sideral  legada a  y aumentada por los demás capitostes partidocraticos. Todos sus cacareos “nacionalistas” una monumental estafa, sus peleas con los ingleses fuegos de artificio y encima mojados. La inclusión social dadivas en base a endeudamiento externo que destruye la cultura del trabajo La corrupción y la inoperancia más espantosa que se tenga memoria en un gobierno plagado de presiones y aprietes a quienes no le son dóciles, los periodistas, la justicia. Son un símil latinoamericano de la socialdemocracia. No son marxistas porque no les da el cuero y el marxismo es una pieza de museo. Se hacen los “guerrilleros heroicos” mientras disfrutan del capitalismo prebendarío que han resucitado y puesto a su servicio. Hablan de Menem pero no denuncian los tratados de rendición que ese traidor firmó con los británicos, siguen dentro del FMI mientras se quejan de sus presiones. Su política internacional sigue los dictados de Obama (Caso AMIA)

Los Antik
Luego de más de diez años de aquella etapa inaugurada con el “Que se vayan todos”, la cuestión ya llega al extremo de decadencia moral que nos dice que nada de lo que hay dentro de este Régimen merece sobrevivir.
Anacrónicos y atado a falsas ideas la supuesta oposición es más de lo mismo con el agravante de que inorgánica y caótica, dividida en mil pedazos antagónicos entre si, no atina a hacer nada constructivo, ni generar alternativa alguna. Son los restos de lo que en vida fuera el Radicalismo y diversas expresiones del progresismo (los K han logrado dividir hasta quienes son símiles). Los liberales cómplices del desuase económico del Estado que pretenden volver a la época del 1 a 1, Los partidarios de Macri que en el gobierno de Buenos Aires no han hecho nada diferente a las otras expresiones partidocraticas: robar y llenar de empleados contratados con contratos basura, una nueva presencia, el anarco liberalismo, espantoso guiñapo que si se sienta en una mesa con algunos progresistas podrían darse la mano. Los partidarios de la ideología militar una mixtura de liberalismo, conservadurismo, patrioterismo confuso, anticomunismo como si el comunismo existiera. Pronorteamericano y al que al mismo tiempo reivindicadores de la causa Malvinas, fracasada justamente por la injerencia norteamericana una Ideología que viene creando espantosas confusiones dentro del nacionalismo y que en definitiva obligará a mediano plazo a muchos sedicentes nacionalistas a que se definan sobre que son en realidad. El catolicismo liberal y burgues que solo se preocupa por el aborto y el casamiento de los invertidos. Diversas expresiones de la masonería sumamente activa desde hace más o menos un lustro.
Su programa para la toma del poder no es organizarse pues no pueden hacerlo dadas sus encontradas posiciones, lo único que los une es ser Antik. No tienen programa alternativo que no sea en última instancia el liberalismo económico. En lo político rinden culto a la democracia como lo hacen los K cada uno se siente un demócrata cabal sea del bando que sea. Pelean por quien es más democrático o sea más regiminoso que el otro.Así huérfana de ideas y planes, inorgánica y anárquica, solo se contenta con hacer movilizaciones a cual más confusa y pacifista que no llegan a nada. Van detrás de los acontecimientos.
La única realidad de todo esto es la disolución, el planteo de falsas opciones detrás de las que se encolumnan todo un universo de gente que no entiende en definitiva cual es la jugada, lo que queda en evidencia porque hace años que vota  mercadería averiada y de tiempo en tiempo brota una nueva camada de personajes a quien contársela. Confiamos en que en algún momento como fuera en el 2001 la gente despertará de su letargo será otra posibilidad de terminar con esto. Esperemos no desperdiciarla. Esperemos estar preparados para canalizarla. Lo que es seguro es que ocurrirá. Todo tiene un limite..

GUILLERMO ROJAS

miércoles, 6 de marzo de 2013

LOS "ORIGINARIOS"

 EL RACISMO ANTIBLANCO Y ANTICRIOLLO EN  SUR AMÉRICA

 POR:Juan Pablo Vitali


BANDERA DEL RACISMO Y DEL IMPERIALISMO

 El concepto de “originario” es una idea dialéctica introducida a conciencia por los centros de poder para fomentar el enfrentamiento y la división de quienes no deberían ser enemigos, porque sólo tienen enemigos e intereses en común. Es como la idea de la izquierda y la derecha: algo hemipléjico, estúpido, irreal.
Si originario es el que estaba antes siempre hay alguien atrás en la historia. Y esto vale tanto para Sudamérica como para cualquier otro lado del mundo, ya que en todas partes hubo una población antes que otra y nadie podría asegurar descender de los primeros, que se pierden en la noche de los tiempos. Quizá los amerindios sean asiáticos emigrados “in illo tempore”.
Tampoco se dice cuánto tiempo hace falta estar en un lugar para ser considerado “originario”, ni si los antepasados de los que están ahora no ejercieron la violencia para instalarse. Discusiones estas interminables y paralizantes. Y todo esto mientras un enemigo avanza. Algunos dicen que quinientos años no es suficiente, pero no dicen cuánto creen necesario porque se les puede volver en contra.
Para imponer un concepto no se necesita mucho, especialmente sobre grupos de gente que actúa en forma superficial, por ignorancia o interés y se mueve como las hinchadas de fútbol. Las transformaciones antropológicas y culturales también llegan a los argumentos políticos.
La idea de “originario” fue acuñada por el racismo antiblanco, el único racismo bien visto y permitido. Para eso fue creada y para eso es difundida. Supongo que los miserables presentadores de programas de televisión que repiten una y otra vez ese término no dejan de dormir por las injusticias sociales sufridas por los “originarios” ni por nadie en particular. Entonces… ¿por qué utilizan tanto el término? ¿De dónde les viene la idea, en el medio social burgués y obsecuente del sistema en el que viven y al que defienden por dinero? Si todo el que nace y vive en un lugar no es originario, el concepto se hace discriminatorio ¿Y no son ellos los campeones de la no discriminación?
En un tiempo utilizábamos conceptos inclusivos. Ser argentino fue tan increíblemente inclusivo que en una generación una familia asumía absolutamente serlo. Nunca hubo ghettos y la injusticia social no era discriminatoria para originarios y recién llegados, sino pareja. La lucha también lo fue. La idea de lo criollo como fuerte unidad cultural funcionaba.
Lo criollo como fuerza integradora permitía el diálogo con lo amerindio sin perder las raíces europeas. Una experiencia de dinamismo cultural impresionante. Por eso se la dejó de lado. Mejor parece ser para algunos la fractura. Arrasar con las fronteras del intercambio y el enriquecimiento para levantar las de ruptura y el enfrentamiento. Eso es lo que quiere el sistema. .
Ahora la idea de que debamos renunciar a nuestra herencia cultural europea y asumir la identidad amerindia para considerarnos verdaderos americanos, es además de imbécil interesadamente rupturista. Implica una agresión a la identidad criolla inaceptable, una imposición racista en nombre del antiracismo.
Saben bien que nosotros no fuimos la gente del oro ni de la imposición de un dios a palos. Los criollos somos y hemos sido libertarios con respecto al orden establecido, de hecho hemos sido diezmados luchando contra ese orden. Sin embargo somos disciplinados en cuanto al orden a establecer: un orden comunitario, orgánico, ligado a las identidades de la tierra, forjado desde adentro de los pueblos. Por eso no tenemos enemigos entre los pueblos, pero tampoco queremos cambiar de identidad.
Los términos dialécticos acuñados –paradójicamente- desde unas usinas de pensamiento para nada “originarias”, se crean para utilizar el odio y el resentimiento a favor de las divisiones entre pueblos que deberán unirse indefectiblemente para su liberación. La riqueza y la diversidad cultural pueden ser puentes o trincheras, depende del proyecto y la voluntad que dirijan esas energías. No adoremos ídolos ajenos.  Un orden no es resentimiento ni uniformidad. Un orden es el organismo vivo que las comunidades crean para su subsistencia y para vivir de acuerdo a algo que provenga de sí mismas, no de la manipulación ideológica de los centros de poder.
Lo que hay que cambiar es el sentido del mundo, y eso no se puede hacer sino uniendo a los que luchan contra él, no enfrentándolos con ideas generadas y esparcidas por los mismos que decimos combatir.

domingo, 3 de marzo de 2013

EL CINE COMO SISTEMA DE CONTROL SOCIAL I



 Con esta iniciamos una serie de notas semanales referentes a la cultura y al control de la sociedad que ejerce el pensamiento hegemónico en forma global sobre la población del planeta. Sobre lo relativo al cine sera una nota dividida en tres entregas.

La industria del cine es un conglomerado de corporaciones, fusiones empresariales, mecenas, relaciones corporativas, y al fin y al cabo, una “industria”, si bien es cierto que muchas veces se incluye como “industria del arte”, esto en su concepción es una aberrante contradicción, ya que el arte y la industria son opuestos por naturaleza.  No en vano, la figura preponderante en el cine es la del “Productor”, dominante por encima de las demás figuras, siendo la primera que aparece en cualquier título, antes que cualquier director, actor o guionista.
Aún así esa proclamación de la industria del arte, ya nos revela que el cine no es más que eso, una parodia del arte, o expuesto más claramente, una industria que se nutre de una máscara en forma de arte como bien para el pueblo tras la cual se esconde su verdadera naturaleza: un medio de adoctrinamiento, implantación de ideas y programación de la psique de la sociedad.
El cine nació en Paris el año 1895, como industria, y no como arte, aunque luego se le añadiera esa “etiqueta” de séptimo arte, alegando que era un medio que incluía varias o todas las artes en una, pero eso no anula su naturaleza de concepción. En un inicio fue un potente generador económico, acelerando el crecimiento de su industria, fusiones y en definitiva, la formación y focalización de la “meca del cine”, en Hollywood, Los Ángeles, Estados Unidos. En 1929, en medio de la gran “crisis” de dicho año, aparece el cine sonoro, siendo unánimemente apoyado por todas la productoras, evidentemente ya no por su potencialidad económica, si no por su poder “propagandístico”. En 1948 la industria del cine sufre una demoledora crisis económica que provoca que a partir de ese momento, esta industria esté básicamente financiada por fuerzas políticas, iniciando la actual estructura del cine, una industria propiedad y dominada por un entramado político-corporativo-militar-empresarial.
En efecto, ocurre exactamente lo mismo que con la relación de la industria farmacéutica con la petrolera y armamentística, los propietarios y mecenas se funden y interaccionan entre ellos, revelando la estructura de poder actual: Supraentidades que en la cúspide dirigen estructuras que por su aparente naturaleza no tienen ninguna relación entre sí, auque evidentemente, si la tienen: el poder y el control.
Si echamos un vistazo a la estructura de la industria cinematográfica observamos que ésta ha ido transformándose desde un amplio entramado de empresas hasta progresivamente ir consolidándose, a través de fusiones, pactos y supuestas rivalidades hasta formar lo que se conoce, incluso en su propio ámbito, como el gran 6.
Así pues el gran 6 lo forman: Twenty Century Fox, que abarca cine, música y televisión. Paramount Pictures, perteneciente a la superestructura Viacom que sostiene a otras grandes productoras como Dreamworks o MTV Productions. Universal, extensión en el mundo del cine de la poderosa General Electric, implicada en la industria armamentística y nuclear. Sony Pictures, que abarca a productoras del calibre de Columbia Picures, Metro Goldwyn-Mayer o Tri-Star. Warner Bross Entertainment, enorme corporación que incluye cine, música, televisión, industria de juguetes, parques infantiles y turísticos, y Buena Vista Motion Picures, con Touchstone, Miramax, Walt Disney Productions y muchas más corporaciones en su haber.

El gran 6 produce el 60% del cine mundial y distribuye aproximadamente el 85% de las producciones norteamericanas y europeas. Tras esta estructura básica, muchos podrán decir que si bien el alcance de poder de estas productoras es amplio, no lo abarca todo, pero si tenemos presente la naturaleza político-corporativa de la industria del cine, junto a su militarismo institucional colaboracionista, entenderemos que si aceptamos que el poder fáctico es supranacional, y que supera fronteras y no entiende de banderas, su aplicación es exactamente la misma. Para ilustrar este aspecto, nos referimos a una parte del texto “La danza final de Kali” dedicada a la industria del cine que puede aclarar dudas: “Para ilustrar esto, bastaría echar un vistazo al cine en apariencia fuera de la escena de Hollywood, y muy especialmente al cine europeo. ¿Qué sería el cine europeo, incluso el más alternativo, sin las subvenciones de los ministerios de cultura y los patrocinios corporativistas? Respuesta: No sería nada.
Y lo que resultaría más interesante para los ciudadanos, no saquearían las arcas públicas abiertas a los Alí-babá de la industria artística moderna. Interesante estructura de financiación la del cine europeo: el público potencial de una película financia a través de sus impuestos a una producción que será ofertada comercialmente a ese mismo público. Si el incauto público paga dinero por ella, la subvención de la siguiente producción será aún más suculenta. Así se “produce” el arte de los jóvenes cineastas europeos, que, en última instancia aspiran a ser valorados, distribuidos, dirigidos, o incluso producidos, por el gran 6 americano.
Habiendo descrito el escenario Norteamericano y Europeo, no está de más decir que para la cultura oriental ya existe Bollywood –que con el nombre ya no tiene necesidad de explicación alguna– como una extensión más, adaptada a un territorio concreto de ese monopolio cinematográfico industrial.
Además de todo esto, es necesario observar, que el cine a día de hoy no es un negocio económicamente rentable en sí mismo. ¿Alguien cree que con la recaudación de las taquillas y el merchandising que se mueve alrededor de toda producción se pueden pagar las desorbitadas cifras que suponen el gasto para sufragar a los actores, directores, guionistas, productores, y la interminable lista de componentes que conforman una película y además generar un beneficio que lo convierta en rentable? Y eso sólo una vez hecha, porque realizarla ya supone un gasto igual o superior. Claro está, el que quiera creerlo, se basará en los datos de las plataformas informativas que nos dicen: la película ha costado 150 millones y su recaudación ha sido de 200 millones, ahí está, todos tranquilos, el mercado lo explica todo.
Pues bien, si un negocio que no es rentable por sí mismo es apoyado y sumamente alentado y promovido por intereses político-corporativos, por algún motivo será. Si no es rentable por sus propios medios y autosuficiente es precisamente porque no lo es en esencia, su rentabilidad se traduce en el beneficio que genera a través de su influencia en todas las facetas de la sociedad, sería como si un vendedor de zapatos no pudiera ver en su negocio rentabilidad con la venta de estos pero su negocio fuera rentable porque vender zapatos le proporciona beneficios provenientes de la venta de coches, alimentos, moda, en definitiva, en todas, y absolutamente todas las facetas de la sociedad. Pero no olvidemos que el lucro económico es el menos importante de los factores de está industria. El cine es rentable para sus propietarios, porque permite –y de una forma abrumadora– diseñar, dirigir y controlar muchisimos aspectos de nuestra existencia.
¿Y porque un cineasta querría controlar y diseñar nuestra existencia?…por ningún motivo, quien aún crea que la industria del cine es una industria de cineastas artistas, seguramente creerá que el sistema no funciona bien porque está corrupto (no porque lo sea desde su concepción), para lo que es necesario escoger bien a los líderes, y también creerá que disfruta de una vida libre de injerencia. El cine es una herramienta más, de hecho una de las más poderosas y eficientes, en el proceso de moldeamiento del hombre a los intereses de la élite dirigente.

EL CINE COMO LABORATORIO
Alejándonos de la interacción habitual con el cine, podemos ver claramente a la industria cinematográfica como un laboratorio, donde se trabaja en la creación de ideas, ideologías, valores, tendencias, necesidades, prioridades, estereotipos, imágenes, arquetipos, principios, identidades, y en su máxima concepción “supuestas verdades”. Y, ¿a quién van destinados todos estos elementos?, ¿quién es el sujeto sobre el que trabaja dicho laboratorio?, pues usted, yo, todos. El laboratorio requiere de unos científicos, de un sujeto donde experimentar, y de unas substancias o elementos para experimentar sobre ese sujeto, y claro está, por encima de todo esto, un laboratorio se rige por la existencia de un objetivo, se experimenta en pro de conseguir algo. ¿Qué es ese algo? Ese algo no es más que la conciencia del hombre, su autopercepción y su relación con los demás seres humanos y el mundo.
Así pues, el laboratorio cinematográfico moldea la conciencia del ser humano a través de la utilización de elementos concretos. ¿Cuáles son esos elementos?, pues bien, dependerá de qué tipo de moldeamiento se desee. Y eso se definirá según los intereses concretos de cada momento en la línea histórica.
Si pensamos que el cine, basa su contenido en relación a las “modas”, deberíamos  preguntarnos o analizar a lo que comúnmente llamamos “modas”. Es común creer basándose en la concepción economicista, que cualquier industria, y en este caso concreto, la cinematográfica, se guía a través de los gustos de aquellos que serán sus consumidores, pero ¿Es realmente así? ¿Son los consumidores los que dan forma a los productos que las industrias producirán para satisfacer dichas preferencias temporales, o por el contrario son las industrias las que producen tendencias que inculcan a sus consumidores para que demanden aquello que les conviene ofrecer?
La explicación economicista del funcionamiento del mundo, es una forma muy sutil de distraer la atención y conciencia del ser humano en un mar de números, en los conceptos de pérdida y ganancia, para así vaciar toda posible concepción de cualidad bajo toda iniciativa o proceso. Las “modas”, una vez instauradas y conseguido que el público las demande, evidentemente ya se puede considerar que es algo dirigido por el consumidor y no el productor, pero claro está, eso es una lectura superficial que no refleja su origen ni naturaleza, e invito al lector a que haga esta misma observación en la faceta que quiera, y si afina y es honesto, podrá ver el mismo proceder en todas y cada una de ellas. Se da por sentado que el mundo se mueve por dinero, y aunque es así formalmente, se mueve por dinero a través de unos objetivos, no por el dinero mismo. La concepción del dinero como raíz de todo movimiento es la coartada perfecta inculcada al ser humano para que los “científicos de laboratorio” puedan aplicar respaldados en una falsa necesidad monetaria todo objetivo en su investigación.
Bien, volviendo al cine, decíamos que esta industria producía e inculcaba conceptos, ideas, tendencias…. para que sus consumidores demanden aquello que quieren ofrecer. ¿Y qué es lo que quieren ofrecer?, pues eso dependerá del momento concreto, así, si realizamos una observación a lo largo de una línea histórica y paralelamente, a su lado, otra de la industria cinematográfica con sus contenidos y formas, podremos encontrar claramente, hasta pasmosamente, una única línea. Retomando el símil del laboratorio, para conseguir un resultado concreto, los investigadores trabajan semanas, meses, años introduciendo elementos, substancias, medicamentos…. hasta que consiguen su objetivo, es decir, desde que se comienzan a aplicar unos procedimientos hasta que se consigue el objetivo, pasa un tiempo, que por lo general suelen ser años, décadas, e incluso siglos. Este principio es importante para entender la relación del transcurso del mundo y el cine, ya que si se intenta ver una relación directa entre el cine y la vida en su mismo momento histórico, aunque cada vez se solapan más, siempre habrá una distancia entre los dos, distancia que no es más que ese tiempo que transcurre, entre el inicio de la aplicación y el logro del objetivo. Esto estaría relacionado con la idea anteriormente expuesta de las “modas”, así pues, es común que el ser humano crea que el cine tiene paralelismos con la historia porque este se nutre de ella, y, aunque en algunos casos es así, en su amplia mayoría suele ser, al igual que afirmábamos con la moda, a la inversa. O sea, el cine produce e inculca unas ideas, conceptos, principios, necesidades, urgencias… para más adelante vender una historia a la medida de su objetivo.
En este trabajo de laboratorio, existen elementos primordiales y de mantenimiento, así, del mismo modo que en medicina se aplican ciertas medidas para conseguir un objetivo, al alcanzarlo, se mantienen estas medidas como dosis de “mantenimiento” y se trabaja para avanzar y llegar a un siguiente objetivo, así los objetivos ya alcanzados, pasan de ser primordiales, a ser mantenidos mientras se trabaja en unos nuevos de primer orden. Si observamos la vida y paralelamente el cine y sus contenidos podemos ver cuales han sido estos elementos primordiales, y después de ser realizados, su mantenimiento, así como los nuevos de primera importancia.

LA LÍNEA HISTÓRICA Y LA LÍNEA CINEMATOGRÁFICA
Desentrañar todos y cada uno de los objetivos del cine desde lo que lo conforma y su reflejo en la sociedad no es tarea nada fácil, ya que esto requiere desgranar todas y cada unas de las facetas del hombre, tanto a nivel físico como mental, desde hace décadas. Pero intentaremos hacer un esquema que refleje al menos de manera elemental el proceso hasta el día de hoy.
En primer lugar, la aparición del cine de Hollywood más que introducir ideas requería de captación como nueva forma de existencia, se tenía que llamar la atención del hombre y llevarlo al terreno requerido, dónde una vez afincado se pudiera experimentar con él y moldearlo.

Los objetivos detrás de ese proceso de absorción no eran otros que ofrecer la ilusión de la posibilidad de un mundo mejor, de aventuras increíbles, de un mundo “ahi fuera” (¿dónde?) que fuera irresistible para el hombre que aún vivía en concordancia con algún aspecto tradicional, así como la veneración de la ciudad como núcleo de posibilidades, de realización de sueños y de atractivas metas por alcanzar. Sobre este asunto, Félix Rodrigo Mora, decía:
“Yo soy muy hostil al cine porque me parece que es un aparato de adoctrinamiento colosal, eso no quiere decir que no haya películas buenas, pero yo me refiero al cine como gran negocio, como sobre todo cuándo yo era joven había estos cines de barrio, dónde la gente entraba ahí y se tragaba dos películas cuatro veces por semana, aquello era tremendo, te dejaban el cerebro planchado. Y además, el cine tiene un gran poder de penetración, porque es una sala oscura, se combina sonido, luz, música, actores, paisajes… ya algo de eso había en el teatro, pero el teatro no tenía tanta capacidad de penetrar. Las películas de Hollywood de los años cincuenta son terribles, sobre todo ya con el cine en color, es algo que supera la mente humana, la mente humana queda colapsada. Yo recuerdo haberlo hablado esto con gente muy mayor, que ellos fueron sacados de los  pueblos por el cine, en su pueblo no había cine pero iban a un pueblo grande de al lado, e iban a ver una película, imaginaos un hombre o una mujer que en el año cincuenta viera una película de  Hollywood, por ejemplo en el cincuenta y cinco, con aquellas actrices tan espectaculares, o con estos actores tan guapos, Gary Cooper, la gente se quedaba… era como un impacto. Ellos se volvían a su pueblo o su aldea y ya no querían saber nada de aquello, querían ver ese mundo, era una absorción. Entonces eso es un atentado a la libertad de conciencia. En mi familia había un hombre impresionante, él vivía imitando a Gary Cooper, porque se parecía un poco físicamente.”
Así pues, en sus inicios, el cine trabajó por absorber a la población rural y tradicional al nuevo mundo a través de las promesas y posibilidades de una vida mejor y más llena, identificar a las ciudades como lugar donde “progresar”, para debilitar el mundo rural y tradicional ya muy debilitado de por sí, y comenzar a crear el arquetipo del nuevo hombre. Este hombre era arrogante aunque encantador, elegante, ya más preocupado por su imagen externa y su reputación. El arquetipo de hombre moderno era alguien que vivía en la ciudad o trabajaba en ella dándole a su actividad laboral una importancia suprema. Su relación con los demás era de competencia (siempre presentada con cortesía), competencia por un puesto o una mujer mayoritariamente, y se empezaba a dibujar la infidelidad como un aspecto que seria mantenido hasta hoy día. Muchas veces este “nuevo hombre” era de origen rural pero había marchado a la ciudad para “progresar”, y aunque mantenía un vinculo sentimental, era algo mas folklórico que real, al igual que siempre aparecía el amigo que no había marchado del pueblo, que aunque siempre muy bonachón, era presentado mas o menos disimuladamente como un perdedor. En las relaciones sentimentales, se presentaba a hombres distantes, temerosos de mostrase por mantener esa imagen que tanto les preocupaba, y que al fin y al cabo les hacia “Galanes”, la gran figura del arquetipo de actor de las primeras películas. Ya se insinuaba la picaresca, mostrando la tentación del engaño, siempre superado por su “galantería” pero sufrida por la dificultad de resistirse. La mujer era una figura secundaria, que tenía una importancia remarcable, pero de manera sigilosa, era alguien que aceptaba su subordinación pero se salía con la suya en esa guerra fría entre sexos. Más adelante apareció “la femme fatale”, una mujer enigmática, arrogante tanto o más que el hombre, y con un poder de seducción “mágico”. Aún así, esta mujer, generalmente tras ese dominio aparente estaba interiormente torturada.
También se producían títulos dónde se le enseñaba al incauto espectador lugares del mundo que ni tan sólo había imaginado, llenos de exotismo, aventura, seducción y todas las maravillas imaginables. Ese era el inicio de la introducción de la idea del “turismo”. ¿Alguien se ha parado a pensar que ser humano podía desear hacer “turismo”, pensando en todo lo que significa actualmente, antes de la aparición del cine? Podemos pensar que eso es un avance, pero honestamente no creo que sea así, se ha cambiado la cantidad por la calidad y cualidad, ahora puedes ir a cualquier parte del mundo, pero no conoces nada, el turismo es una especie de videojuego donde semi-interactuas con un escenario de manera poco más humana que lo haces visionando un programa de viajes en el televisor, si antes del cine alguien viajaba, ese viaje se convertía en una experiencia integral, donde vivía los detalles, claro está, sacrificando la comodidad, otorgándole la posibilidad de experimentar con conocimiento y pausa lo vivido.
Entre los títulos de las primera épocas, también abundaban tramas de espías, detectives que abrían la caja del morbo de la privacidad descubierta, y la ciencia ficción comenzaba su progresiva andadura, primordial en todo el proceso, con historias de extraterrestres que sacudían la mente del espectador con límites que jamás hubiera concebido.
Muchas de esas películas se han vuelto a hacer en “remakes” en nuestros tiempos. Así mismo, se producieron algunos títulos de tinte histórico, dándole al espectador la oportunidad de “conocer” (?) su historia pasada, de una manera entretenida y cómoda, sin tener que esforzarse. Además de la historia, la pre-historia se convirtió en un género preponderante, presentando ese mundo de hombres “primitivos” semi-animales luchando con dinosaurios. Algunos títulos remarcables de esas primera épocas, entre muchísimos podrían ser: Casablanca, Que bello es vivir, Gilda, Cantando bajo la lluvia, El mago de Oz, La reina de África, Un tranvía llamado deseo, Los diez mandamientos, Ben-Hur, Rebelde sin causa, King Kong, La invasión de los ladrones de cuerpos, Ultimatun a la tierra, Desayuno con diamantes, El Graduado, 2001- una odisea del espacio, la noche de los muertos vivientes, el buscavidas…. y muchos otros títulos.
(CONTINUARA)

Fuente: La Independiente Digital