viernes, 4 de marzo de 2011

EL SEÑOR DE LAS PAMPAS

“Yo siempre fui un patriota de la
tierra y un patriota del cielo”.
Marechal.


El 14 de marzo de 1877 y lejos de la Patria que tanto amó entregaba su alma al Creador nuestro Ilustre Restaurador de las Leyes y defensor de la Religión, Don Juan Manuel de Rosas.
Por eso el motivo de esta conmemoración, ante un nuevo aniversario de su muerte, encuentra su síntesis en las palabras que pronunciara el P. Alberto Ezcurra, cuando la justa repatriación: “… te pedimos Señor, te pedimos que no olvidemos nunca las cosas grandes de nuestro pasado. Porque una Nación sólo puede construir su futuro, si como un árbol tiene hundidas profundamente las raíces en la verdad del pasado”. Y nuestro pasado, a decir verdad, es de una gloria absoluta. La Argentina no fue concebida por la democracia liberal; fue la Realeza de Nuestro Señor Jesucristo la que le dio en sus comienzos el ser y en la historia su grandeza. Grandeza que encontramos en el gobierno de este gaucho y patriota.
Rosas tenía una profunda concepción católica de la política. Sabía que el orden social debía fundamentarse con sólidos cimientos religiosos, morales y jurídicos. Recibió un país anarquizado y logró restaurar, gracias a esa sabiduría práctica que poseía  -propia del ejercicio de la prudencia-  la autoridad y la unión; son sus palabras: “… Ninguno ignora que una facción numerosa de hombres corrompidos, haciendo alarde de su impiedad y poniéndose en guerra abierta con la Religión, la Justicia, la Humanidad, el Orden Público, la Honestidad y la Buena Fe, ha introducido por todas partes el desorden y la inmoralidad, ha desvirtuado las leyes, generalizado los crímenes, disuelto la sociedad y presentado en triunfo la alevosía y la perfidia. El remedio de estos males no puede sujetarse a formas, y su aplicación debe ser pronta y expédita… Persigamos de muerte al impío, al sacrílego, al ladrón, al homicida y sobre todo, al pérfido y traidor que tenga la osadía de burlarse de nuestra buena fe. Resolvámonos a combatir con denuedo a esos malvados que han puesto en confusión a nuestra tierra… El  Todopoderoso, que en su Divina Providencia nos ha puesto en esta terrible situación, dirigirá nuestros pasos y con su especial protección nuestro triunfo será seguro”.

¡Viva la Santa Federación, mueran los salvajes unitarios!
He aquí el santo y seña por excelencia, porque la confrontación entre unitarios y federales no se trataba de una rencilla igual a las que hoy estamos hartos de ver en la politiquería local. Era, esencialmente, una cuestión teológica; por eso es que se tornó irreconciliable. La Federación significaba el celo ardiente por la fe en Dios y por la Patria. El liberalismo, engendrado en las satánicas sectas masónicas, era el componente ideológico que alimentaba al Unitarismo. Por eso éstos, nos dirá el Caudillo, atacan a la Santa Religión Católica que es la que “engendra virtudes cristianas y cívicas que constituyen la base de la felicidad de los Estados”. El “Mueran los salvajes unitarios” es pasible de comparación con el “matar al error, amar al que yerra” agustiniano. Así se lo explicará a Felipe Heredia: “No es que se desee la muerte (física) de determinadas personas, sino que mueran civilmente, o que sea exterminado para siempre el feroz bando unitario”. “Viva la Santa Federación”. ¿Por qué habría de ser Santa? Porque la causa que se defendía era “la causa encomendada por el Todopoderoso”.
Repitámoslo para que no queden dudas y consignemos tres breves ejemplos para confirmar lo expuesto insistiendo que, en el fondo, se trataba de una cuestión teológica. El bien y el mal se daban batalla en una época en donde el sentido religioso es el que impera. Por esto es que, entonces, a los unitarios se los consideraba como a herejes; de allí es que toma sentido la divisa levantada por Juan Facundo Quiroga “¡Religión o muerte!”; el canto que se oía en las provincias: “Cristiano soy, líbreme Dios de ser porteño”; y la carta que el Restaurador le enviara al Tigre de los Llanos donde le expresa que “Antes de ser federales éramos cristianos”. ¿Qué quiso significar con ello? Sencillamente que la condición de católico sustenta a la de patriota.

El justo y merecido reconocimiento.
 Traigamos a nuestra memoria, para ir concluyendo, tres fragmentos de misivas del Padre de la Patria que nos sirven como testimonio irrefutable.
En la primera de éstas le expresará a su amigo Guido su alegría por el rumbo que llevaba la Nación conducida por Don Juan Manuel: “… Veo con placer la marcha que sigue nuestra Patria: desengañémonos, nuestros países no pueden (a lo menos por muchos años) regirse de otro modo que por gobiernos vigorosos, más claro, despóticos…; no hay otro arbitrio para salvar un Estado que tiene (como el Perú) muchos Doctores… que un gobierno absoluto” (26-X-1836).
En el segundo testimonio el Grl. San Martín hace al Restaurador su apreciación sobre la Confederación Argentina: “He tenido una verdadera satisfacción al saber el levantamiento del injusto bloqueo con que nos hostilizaban las dos primeras naciones de Europa; esta satisfacción es tanto más completa cuanto el honor del país no ha tenido nada que sufrir, y por el contrario presenta a todos los nuevos estados Americanos un modelo que seguir y más cuando éste esté apoyado en la justicia” (2-XI-1848).
Don Juan Manuel, el Señor de las Pampas, condujo a su pueblo al bienestar, es decir, logró el anhelado Bien Común, fruto de su abnegada vocación de servicio. Por ello el Libertador le expresará que: “… como argentino me llena de verdadero orgullo, el ver la prosperidad, la paz interior, el orden y el honor restablecidos en nuestra querida patria; y todos estos progresos efectuados en medio de circunstancias tan difíciles en que pocos estados se habrán hallado.
Por tantos bienes realizados, yo felicito a Ud. Sinceramente como igualmente a toda la Confederación Argentina” (6-V-1850).

Colofón.
La Argentina estaba siendo sometida y ante el peligro de verla perecer Juan Manuel encarnó la reacción criolla. Restableció a la Nación reafirmándola en los principios que le dieron el ser y la devolvió al imperio de la virtud, del bienestar y de la grandeza.
Hoy nuestra Patria está siendo amenazada de muerte. Reaccionemos como Don Juan Manuel, como verdaderos patriotas. Sabemos que los tiempos son malos; “coraje doble” entonces.
El Caudillo Restaurador nos alienta con su ejemplo. Hagamos nuestro, pues, su Ideal que no fue otro más que el Reinado de Cristo en la Argentina; y por el cual luchó y consagró su vida.


DANIEL OMAR GONZÁLEZ CÉSPEDES

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy buen articulo, excelente el enfoque historiografico, nada que ver con el historicismo que campea inclusive entre los sedicentes revisionistas.
Saludos a nuestro estilo
Edgardo Moreno

Centro de Estudios Padre Alberto Ignacio Ezcurra dijo...

Estimado Edgardo Moreno: Le agradezco su comentario.
En Cristo Rey la Patria.
Daniel O. González Céspedes